Los hombres las conocemos bien. Están ahí, a nuestro alrededor, probablemente desde el comienzo de los tiempos, desde que se inventó la rueda. Proliferan en discotecas, bares, reuniones, seminarios, restaurantes, cataratas de Iguazú, oficinas, ministerios, colectivos, aeropuertos, buque-bus... Ni siquiera casamientos, bautizos, comuniones y cumpleaños se libran de la plaga. Su conducta resulta particularmente frustrante para la víctima.
Pero comencemos por el principio. Las susodichas calientapijas -perdonen la expresión- son esas hembras que juegan a engatusar al macho humano, haciéndole albergar expectativas de delicioso disfrute de placeres carnales y paradisiacos, llevándole luego a una profunda desesperación al ver que, finalmente, no se produce el esperado refocilamiento y la consiguiente liberación de tensiones y fluidos. Cuando lo tienen más caliente que los fogones del infierno, le dan la espalda y le dejan yerto, deprimido y malogrado, con un temible dolor de huevos, una mala leche legendaria y con la pija más tiesa que el palo de la bandera.
Disfrutan agachándose frente a ti con movimientos precisos y estudiados para que, inevitablemente, tus ojos apunten con obstinación a ese objeto de deseo que llamamos vulgarmente culo, o a ese par de rotundas tetas que exhiben con generosidad, trivialmente sustentadas por un mínimo corpiño que apenas acierta a cubrir la morena aureola de sus pezones.
Tienen la rara habilidad de poder enseñarte el ombligo sin quitarse la remera, facilidad de palabra altamente soportable en estados de semi-embriaguez masculina, y abuso desmesurado y continuo del capital económico del atormentado varón. La labor de la calientapijas se considera más perfeccionada cuanto más lejos lleva a su víctima en la persecución del engaño, cuanto más se prolonga la expectativa de disfrute de todo tipo de placeres lascivos y libidinosos.
Ahora, con las nuevas tecnologías, algunas se dedican a grabar vídeos calientapijas, vestidas de calientapijas y meneando las caderas como si bailaran el hula-hoop. Luego los suben a youtube con la finalidad de que medio mundo se masturbe a su salud, cavilando sobre cómo se la cogerían.
Se las considera una división, variante o subvariante alternativa de las putas de mierda, hijas de puta o hijas de la gran puta. Algunos las catalogan en la gama blanca de los electrodomésticos, como mujeres micro-ondas, visto que calientan pero no cocinan.
Lo cierto es que, más temprano que tarde, acabarán enamorándose de algún tipejo gilipollas e inútil, cretino e insustancial, haragán y zascandil, sandio o carruaje que las humillará, ninguneará, corneará y puteará como una forma de restablecer el equilibrio entre sexos. Ellas, de paso, recibirán así el merecido castigo por su enemiga malquerencia, desafecto y crueldad.
Por todo el daño que nos infligieron en nuestro amor propio.











