Hay muchas cosas que se han ido acumulando en la casa. Demasiadas. Pero vivir tiene eso: cosas inútiles en torno nuestro, objetos como recuerdos. Con los años, objetos y recuerdos son lo mismo. Un día, cuando ya no estemos, alguien tirará a la basura todo lo amontonado. A eso se reducen, así acaban, casi siempre, los recuerdos.Vuelvo a mi casa, con mi familia, al otro lado del mar, porque ya nada me ata a este lugar o tal vez porque, pasada cierta edad, uno solo sabe ser lo que repite. Alguien, sin cuya eficacia la rutina diaria me hubiera sido bastante más trabajosa, ha puesto en mis cosas un orden pulcro que las hace maravillosamente ajenas. Es casi una ofensa alterar esa diáfana geometría de la casa desocupada de mí mismo, con las maletas dispuestas para el viaje.
Echo una penúltima ojeada al fulgor blanco de la heladera vacía. Trato de que mis pasos no dejen huella. Es una estupidez, pero me apetece vagar ahora, despacio, por las habitaciones, como si no hubiera llegado nunca, como si no tuviera que marcharme. Sin hacer ruido. Tal vez así la vida no se entere de que todo retorna. Ese todo que me asusta, me emociona y me conmueve.
Hace tiempo que, por repetidos, ya no me impresionan los regresos. Pero aquí compartí con otra gente, durante mucho tiempo, aire impregnado de amigos, de bahía, de tajys, naranjos y jacarandás, y ahora volver me parece una traición, como un "borrón y cuenta nueva" bajo las peculiares imágenes de mi biografía, un triste gris entre el recuerdo y el olvido.
FOTO: Viendo la vida pasar.





La joven se quedó dormida en el diván verde del salón en una difícil postura y decidí llevarla en brazos a la cama para que reposara en mejores condiciones. El esfuerzo me supuso una contractura muscular en la espalda que, cuatro días después, me seguía incomodando con un dolor agudo. Emi, que tiene remedios para casi todo, me facilitó una tarjeta de visita de una señora que, bajo un exótico nombre, que no citaré, anunciaba ampulosamente: “fisioterapeuta rusa”. En la tarjetita figuraban los datos habituales: dirección y teléfono, con un dibujito, arriba a la derecha, alusivo a tan digna profesión.
Me olvidaba del libro. Aquello que empezó como “la historia de Hans” se va a llamar, definitivamente, “Katutura”, que es el nombre del suburbio negro de Windhoek, en Namibia, donde discurre la mayor parte del relato. Tendrá 112 páginas exactamente, y ya está diseñado todo, incluso tapas y solapas. Lo más probable es que esté editado para mediados de octubre. Algunos se apuntaron ya para recibir un ejemplar cuando publiqué en este blog uno de los capítulos. Si alguien más está dispuesto a soportarme, no tiene más que decirlo. Termino con la foto de Katutura, abajo.
Un par de tipos, que casi no se ven, están haciendo pipí al fondo a la izquierda. Evidentemente, no hay cuartos de baño en el barrio.