domingo, 29 de marzo de 2009

Pirineo fantástico: Güixas

Dicen que las brujas del Pirineo, güixas en la fabla aragonesa, son las auténticas, las genuinas, las brujas más brujas del mundo de la brujería. Dicen que fueron ellas las primeras en entregarse al diablo en figura de macho cabrío y en convertirse en gatos negros. Pioneras de los vuelos a escoba, precursoras de los vuelos sin motor y adelantadas de los actuales vuelos de bajo costo. Las primeras también en dar con sus pobres huesos y enjutas carnes en las hogueras encendidas por las inquisiciones de turno.

A la hora mágica de la medianoche se reunían en aquelarres, vocablo de origen vasco con el que se designan los lugares donde celebraban sus rituales, en cuevas o a campo abierto. En estas celebraciones, las cohortes de brujas, lamias, magas, hechiceras y esperpentos veneraban al diablo, aparecido a veces como un macho cabrío y otras con forma humana con partes de animal, patas de cabra, cuernos o pezuñas. Tras horas de cánticos y ofrendas orgiásticas se abría un portal infernal para veneración, culto y salmodia a Satanás y para obtener poderes sobrenaturales.

Uno de los aquelarres más conocidos del Pirineo de Huesca es el que se celebraba en la gruta de la güixas, cerca de mi casa de Jaca, bajo el impresionante macizo de Collarada, donde las formaciones pétreas se manifiestan en todas sus variantes. Según se avanza hacia el interior, la cueva va ganando altura, sonidos, formas y murciélagos hasta llegar a una gran sala de 16 metros de altura que cuenta con un agujero por el que pueden verse la luna y las estrellas, elementos imprescindibles y en condiciones perfectas para invocar al demonio. Además, se abre al lado de un dolmen, dato importante puesto que, de alguna manera, se relacionan así los ritos atribuidos a las brujas con la antigua religión de los pueblos megalíticos, es decir, el mundo de los vivos y el culto a los muertos.

Las güixas se reunían también en corros de brujas, en lugares al aire libre, abrigados y de difícil acceso. La arquitectura de estos corros responde siempre a un mismo patrón que se supone mágico. Sobre la circunferencia exterior de un círculo de 7 metros de diámetro crecen, equidistantes, 7 árboles tejos y, debajo de ellos, mirando hacia el centro del círculo, se sitúan 7 grandes piedras, como sitiales para cada una de las 7 brujas del corro.

El tejo, poderoso y longevo, es el árbol mitológico por excelencia de druidas y chamanes, que puede llegar a vivir todo un milenio. Se le relaciona con la vida por su extremada longevidad y con la muerte por su elevada toxicidad. Su savia de color rojo oscuro, como la sangre, contiene un veneno que podría matar a un caballo en menos de cinco minutos. Con él se suicidaban los guerreros celtas y astures que preferían morir antes que ser derrotados y caer en la esclavitud del invasor romano.

No todas las reuniones brujeriles eran iguales. Los esbat, de importancia menor y más habituales, podían celebrarse en encrucijadas de caminos, bosques, ruinas o incluso en casas. Los sabbat, sin embargo, se reservaban para días especiales como la noche de difuntos o la de San Juan, desarrollándose en lugares cargados de energía y misterio.

Cuando iban a morir, las brujas pasaban sus poderes estrechando las manos de alguna nieta o sobrina. La güixa aprendiz debía someterse entonces a una ceremonia iniciática que, en algunos lugares, consistía en arrancarle los ojos a un gato vivo y, en otros, la novicia tenía que clavarle 7 alfileres o agujas grandes a un gato negro que, con la séptima, debería morir. Me imagino el final del pobre gato pero, sobre todo, me imagino el estado en que quedaría la futura bruja, después de soportar los desesperados mordiscos y arañazos del animalito. ¡Como para renunciar al cargo!

El tiempo de las brujas ha pasado ya pero, aún hoy, en muchas casas del Pirineo se siguen encontrando símbolos espanta brujas, tales como la flor de un cardo llamado eguski lore o flor del sol, que se cuelga en la puerta de entrada, o chimeneas preparadas para impedir que la güixa se cuele en casa sin llamar.

FOTO: Espanta brujas -flor del sol- sobre un viejo portón.

domingo, 22 de marzo de 2009

Tribus urbanas: Calientapijas

En este escrutinio bloguero de las tribus urbanas desde mi particular punto de vista, que nadie se dé por aludido. Cualquier parecido con hechos o personas reales es absolutamente cierto.

Los hombres las conocemos bien. Están ahí, a nuestro alrededor, probablemente desde el comienzo de los tiempos, desde que se inventó la rueda. Proliferan en discotecas, bares, reuniones, seminarios, restaurantes, cataratas de Iguazú, oficinas, ministerios, colectivos, aeropuertos, buque-bus... Ni siquiera casamientos, bautizos, comuniones y cumpleaños se libran de la plaga. Su conducta resulta particularmente frustrante para la víctima.

Pero comencemos por el principio. Las susodichas calientapijas -perdonen la expresión- son esas hembras que juegan a engatusar al macho humano, haciéndole albergar expectativas de delicioso disfrute de placeres carnales y paradisiacos, llevándole luego a una profunda desesperación al ver que, finalmente, no se produce el esperado refocilamiento y la consiguiente liberación de tensiones y fluidos. Cuando lo tienen más caliente que los fogones del infierno, le dan la espalda y le dejan yerto, deprimido y malogrado, con un temible dolor de huevos, una mala leche legendaria y con la pija más tiesa que el palo de la bandera.

Disfrutan agachándose frente a ti con movimientos precisos y estudiados para que, inevitablemente, tus ojos apunten con obstinación a ese objeto de deseo que llamamos vulgarmente culo, o a ese par de rotundas tetas que exhiben con generosidad, trivialmente sustentadas por un mínimo corpiño que apenas acierta a cubrir la morena aureola de sus pezones.

Tienen la rara habilidad de poder enseñarte el ombligo sin quitarse la remera, facilidad de palabra altamente soportable en estados de semi-embriaguez masculina, y abuso desmesurado y continuo del capital económico del atormentado varón. La labor de la calientapijas se considera más perfeccionada cuanto más lejos lleva a su víctima en la persecución del engaño, cuanto más se prolonga la expectativa de disfrute de todo tipo de placeres lascivos y libidinosos.

Ahora, con las nuevas tecnologías, algunas se dedican a grabar vídeos calientapijas, vestidas de calientapijas y meneando las caderas como si bailaran el hula-hoop. Luego los suben a youtube con la finalidad de que medio mundo se masturbe a su salud, cavilando sobre cómo se la cogerían.

Se las considera una división, variante o subvariante alternativa de las putas de mierda, hijas de puta o hijas de la gran puta. Algunos las catalogan en la gama blanca de los electrodomésticos, como mujeres micro-ondas, visto que calientan pero no cocinan.

Lo cierto es que, más temprano que tarde, acabarán enamorándose de algún tipejo gilipollas e inútil, cretino e insustancial, haragán y zascandil, sandio o carruaje que las humillará, ninguneará, corneará y puteará como una forma de restablecer el equilibrio entre sexos. Ellas, de paso, recibirán así el merecido castigo por su enemiga malquerencia, desafecto y crueldad.

Por todo el daño que nos infligieron en nuestro amor propio.


FOTO: Calientapijas en acción.

domingo, 8 de marzo de 2009

Códigos de conducta

Durante mis ya lejanas vacaciones de Navidad en Zaragoza, asistí a una conferencia en la facultad de filosofía y letras atraído por su título, que me llamó poderosamente la atención: la invención de la moral. Sentí como que el enunciado venía a cuestionar algo tan absoluto y tan obvio como la noción de lo que está bien o de lo que está mal en lo que respecta a nuestra conducta humana, puesto que sólo el ser humano es sujeto de actos morales o inmorales.

Según el conferenciante, filósofo e historiador, la moral, así como la entendemos actualmente, es un concepto inventado a partir de la época de Mandeville (1300-1372) y de Maquiavelo (1469-1527), en contraposición a las fórmulas moralmente discutibles prescritas por estos autores. Véase, si no, el término maquiavélico, con su contenido de características como la perfidia, la falta de escrúpulos, la astucia y la doblez que, aún sin proponérselo, definen cabalmente y me traen a la memoria a cierta persona de mi entorno reciente.

Parece ser que, desde un punto de vista histórico, la noción de moral no ha existido siempre o, al menos, no ha sido siempre la misma. La definición de moral, del latín moralis, o de ética, del griego ethikos, hacen referencia en origen al consenso de un grupo social para actuar de una manera determinada, pero no de otras. Según esta perspectiva, la moral nos aporta una serie de reglas objetivas que nosotros asumimos y utilizamos en nuestra conducta social.

Venía yo de Cordillera manejando despacio en esta oscura y lluviosa mañana de domingo, detrás de una chatarra de las que cubren la línea del colectivo a la capital, pensando en todo esto, razonando lo razonable y preguntándome si realmente necesitamos un código de conducta. No hay nada moderadamente diáfano. Débiles, cobardes, estúpidos e hipócritas saludan con reverencia cualquier código de ética o principios morales por más que dudosos sean, dado que les proporcionan la oportunidad de poder esconderse tras ellos. Es más sencillo acatar una orden que tomar una decisión. Como no todo el mundo está capacitado para el vértigo de la justicia y su monodia la equidad, es más fácil hacerse con una lista ad hoc de bondades y maldades y llevarla siempre en el bolsillo.

Luego te apoltronas en la platea del teatro de la vida y aplaudes cuando se encienda el cartelito rojo de "aplausos" o rechiflas a los actores cuando creas que su interpretación no está en armonía con los particulares conceptos de tu lista. Porque ya sabemos que los histriones, coristas, payasos y comediantes de esta magna obra que es la existencia humana son unos pervertidos y están todos
mal de la cabeza.

Después, un vaso de leche y a la cama. Tan felizmente.

domingo, 1 de marzo de 2009

Darwin y el anís del mono

Se me descontroló el cuchillo pelando una piña y el maldito me rebanó limpiamente el dedo pulgar de la mano izquierda, con un saldo de siete puntos de sutura en el San Roque y una factura de casi medio palo. Así terminé febrero, sin poder dedicar unas líneas a Charles Darwin en el mes de su bicentenario. Lo hago ahora, con la mano vendada y dolorida, junto a un chupito de anís del mono, tan ligado al científico, para que me ayude a superar el trauma.

Como naturalista, Darwin participó en la expedición del capitán Fitzroy que, a bordo del Beagle, visitó América del Sur y las islas del Pacífico. Durante este viaje de 5 años, iniciado en 1831, desarrolló un enorme número de observaciones que le permitieron escribir y publicar El origen de las especies, su obra maestra, base de una teoría explicativa del mecanismo de la evolución de los seres vivos llamada darwinismo.

Por aquellos años, Malthus afirmaba que, de no controlarse, la población humana crecería en progresión geométrica y pronto excedería la capacidad planetaria de producción de alimentos, desencadenando lo que pudiera llamarse la guerra de las especies. Por su lado, Darwin estableció que, de cada especie, nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir y, en consecuencia, se desata una lucha en la que el triunfo está reservado a los capaces de evolucionar de algún modo provechoso para ellos, ante las complejas, variables y a veces extremas condiciones de la vida.

La polémica social y religiosa fue terrible. Mientras fundamentalistas y creacionistas rechazaban de plano estos principios, quiero recordar el singular homenaje que, en la atrasada España de la época, rindió un fabricante catalán de anís a este genio de la ciencia moderna. En realidad, nadie está seguro de si se trató realmente de un homenaje o de un intento de denigrar al científico y, probablemente, nunca se conocerán las auténticas razones que impulsaron a los hermanos Boch a colocar a Darwin, con cuerpo de simio, en las etiquetas de su ya más que centenario anís. Pero ahí está desde 1898.

Para los que no se hayan percatado del detalle, dejó al lado la fotografía del inglés para comparar con la imagen que aparece en la etiqueta del anís del mono, uno de los símbolos que más y mejor reflejó las costumbres e idiosincrasia españolas durante muchos años. El Darwin primate sostiene un papel en su mano derecha donde puede leerse "Es el mejor. La ciencia lo dijo y yo no miento", cuyo significado y pertinencia no acierto a comprender con claridad.

Sea como fuere, lo cierto es que el rostro de Darwin lleva más de cien años apareciendo en las botellas del anís del mono. Y ya me dirán qué homenaje se puede comparar a este, con más de un siglo de publicidad gratuita. Muchos, seguro, venderían su alma al diablo por menos de la mitad.

FOTO: El famoso icono sigue ganando batallas, sin ninguna alternativa al establecido logotipo.

lunes, 23 de febrero de 2009

Mochila de emergencia

El alcalde de Madrid ha propuesto un plan de protección civil que recomienda tener preparado y a mano una especie de equipo familiar de supervivencia al que recurrir en caso de catástrofe, con medicamentos, teléfono, radio, agua, etc., para no salir, con las prisas, de cuerpo presente en el telediario de la noche.

Me gusta la idea y, visto cómo las gastan por acá, creo que no estaría mal procurarse una mochila, zurrón, alforja o talega de evacuación rápida, por si pintan bastos y hay que abandonar esto a toda pastilla, por tierra, río o Silvio Pettirossi, fallecido por cierto en un vuelo que le pilló sin mochila, en forma de paracaídas, cuando verificaba las reparaciones hechas a su avión, que ya es perra suerte.

En esta línea de sobrevivir al desastre, he decidido aviarme un equipo de supervivencia marca FG, bidireccional, que me sirva tanto para salir zumbando -mic mic- hacia Clorinda como para soportar estoicamente lo que se me venga encima, que viene suave con esto de la crisis.

Para el cuidado de la salud de uno, nada de ibuprofenos ni mariconadas de esas. Una cajita de gripidol es lo primero que pienso meter: barato, eficaz y paraguayo. Otra de imodium contra la diarrea, por lo del cambio de aguas. Una pomada antialérgica cridermol para uso tópico cuando las estupideces de políticos partidarios y líderes indígenas me provoquen picores y sarpullidos, y unos cuantos envases de alkaseltzer como paliativo para la previsible resaca de la mañana que sigue a la noche anterior.

Contra una eventual disfunción eréctil, nada mejor que unos comprimidos 36 horas, a base de tadalafil y, como complemento indispensable, una caja grande de condones sultán lubricados con silicona, sabor a frutilla, y un repelente marca off contra las calientapijas expertas en el hostigamiento simultáneo de entrepierna y billetera.

Para cultivar el intelecto, un ejemplar de El mundo sin fin que Laura me regaló en la feria del libro en Buenos Aires, unos cedés de Sabina, la colección completa de Mafalda y un par de botellas de merlot, sin olvidar un inhibidor de frecuencias marca Acme que me impida sintonizar la tele.

No estaría mal añadir una laptop pequeña a pilas, por si algún gánster brasilero nos jode la energía de Itaipú, una lista de librerías en Buenos Aires, una bufanda de lana para sentarme a leer en las terrazas de los cafés en invierno, un jamón ibérico de pata negra y el número de teléfono de alguna casa de hetairas, izas, rabizas o colipoterras de buena reputación.

Entre el pasaporte y la american express meteré un kalashnikov adquirido en Ciudad del Este o, si no lo consigo, una escopeta de cañones recortados. Porque sería indecoroso irme de acá sin agradecer los servicios prestados a quienes me cobraron de más por ser extranjero, me vendieron productos caducados, me intentaron coimear para darme la placa del auto, me mintieron y traicionaron sin motivo, me estafaron con el pintado de la terraza, se me comieron lo mejor de la heladera, se bebieron mi tempranillo de 100.000 guaracas la botella, me pidieron prestado para no devolverme la plata jamás y se me llevaron hasta la foto de Penélope Cruz que tenía en la mesita de noche. Compréndanlo.

FOTO: Sultán, el preservativo más seguro.


martes, 10 de febrero de 2009

El asesino

Compartiendo colchón con el bostezo y la humedad de la tarde, terminé de leer The Handmaid’s Tale, 1985, uno de los mayores éxitos literarios de la prolífica poetisa, novelista, crítica literaria, feminista y activista política canadiense Margaret Atwood. Se trata de una utopía negativa ambientada en una sociedad de derechas monoteísta ubicada en un vertedero nuclear, el antiguo Boston. Se adaptó para el cine y creo que también como una ópera.

Con sus 70 tacos a cuestas, la Atwood sigue luchando por la defensa de los derechos humanos, la libertad de expresión y utopías varias. Todo el dinero del galardón Booker Price lo donó para colaborar con causas medioambientales. Ahora acaba de ser distinguida con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y ha publicado en España una colección de relatos cortos en edición limitada no venal.

El caso es que uno de ellos me recordó el juego con el que nos divertíamos los adolescentes de mi barrio. Por aquel lejano entonces, andaba yo precariamente enamoriscado de una linda y delicada criatura, rubita ella, que se llamaba Begoña, que estaba enamorada de Alberto. La otra chica, cuyo nombre he olvidado, estaba enamorada de mí. Nadie sabía de quién estaba enamorado Alberto, que tenía fama de ser un poco rarito. Había más gente, pero no viene al caso.

Durante el desarrollo del juego, se apagaban las luces de lo que nos parecía un lugar fúnebre y terrorífico en el caserío de mi abuelo y jugábamos al asesino, que así se llamaba el juego. A los chicos nos permitía disfrutar poniendo las manos alrededor del cuello de las chicas y a las chicas el placer de gritar.

Se comienza doblando varios trozos de papel que se introducen en un sombrero, un cuenco, un bote de galletitas herzen vacío -que Lau me regaló lleno- o lo que sea. El que saca la X es el detective y el que saca el punto negro es el asesino, pero el resto de jugadores no sabe quién es el criminal. El detective apaga la luz y se queda quietecito junto al interruptor. El resto se mueve a ciegas en la oscuridad hasta que el asesino elige una víctima cuyo cuello rodea con sus manos y le da un terminante y decisivo apretón. La víctima lanza un grito y se desploma. Ahora todo el mundo tiene que dejar de moverse menos el asesino que, naturalmente, no desea que le encuentren cerca del cadáver.

El detective, al oír el grito, cuenta hasta diez, enciende la luz y comienza el interrogatorio. Todo el mundo debe decir la verdad, menos el asesino, que tiene que mentir. La víctima no está autorizada a contestar, dado que está muerta.

Recuerdo que, a veces, el criminal ponía sus pecadoras manos en alguna zona considerada prohibida del cuerpo de la chica víctima, con lo que el atrevido asesino quedaba expuesto a recibir una sonora bofetada si no se agachaba a tiempo. Otras veces, a la chiquilina le complacía el sobo y se demoraba en gritar.

FOTO: Tras hábil interrogatorio al mejor estilo Poirot, el de las novelas de Agatha Christie, el asesino ha sido identificado y esposado.


miércoles, 28 de enero de 2009

Aedes Aegypti, el músico

Durante mi breve paso por la Cornell Univesity, Athica, NY, en un curso sobre seguridad alimentaria de la FDA, conocí a un par de jóvenes investigadores dedicados en cuerpo y alma a la inútil tarea de descubrir los rituales de apareamiento del mosquito Aedes Aegypti, díptero bichito bien conocido y odiado en Paraguay, frecuentemente infestado con el virus del dengue y responsable de su propagación. Simpaticé con su trabajo y me interesé por sus avances.

Tratándose de insectos, encontré una cierta analogía con un proyecto que acababa yo de finalizar en el Centre National des Technologies Nucléaires de Sidi Tabet (Túnez), comprometido con la puesta en el entorno, semanalmente, de un millón de moscas macho adultas de la especie mediterránea Ceratitis Capitata, algo menor que la mosca doméstica, convenientemente irradiadas para inactivar el resultado de su previsible relación sexual con la hembra, así dicho en fino. Se trataba de evitar o al menos controlar el crecimiento del vector de esta cosmopolita mosca, responsable de importantes daños económicos en los cultivos frutales de la región.

Les expliqué a los chicos lo que hacíamos en Sidi Tabet y ellos me contaron detalladamente lo que hacían en Cornell.

Los mosquitos pasan por diversas pruebas "poco comunes", diría yo. En primer lugar, se les anestesia para que se relajen, de modo que no vuelen ni caminen. Acto seguido se les aplica en la espalda una pequeña cantidad de superpegamento para adherirlos a una minúscula soga que los mantiene en el aire. Cuando los mosquitos despiertan y comienzan a mover sus alas y a producir sonidos, los investigadores les acercan ejemplares diferentes.

Los resultados de aquel estudio acaban de publicarse en la revista Science. Muestran que el zumbido de un mosquito macho alcanza los 600 hercios, mientras que el de las hembras se sitúa en los 400. Los machos varían su zumbido para coordinar su tono con el de las hembras, acercándose a lo que los investigadores califican como el dueto perfecto, pudiendo sonar juntos a una frecuencia de hasta 1.200 hercios.

Se supone que esta armonía musical está relacionada con algún tipo de mecanismo de seleción sexual. Los potenciales compañeros incapaces de coordinar sus tonos serían rechazados, considerados por el sexo contrario como inadecuados para la reproducción. Si la pareja no hace el dúo, no es su media naranja y el macho tendrá que irse con la música a otra parte -nunca mejor dicho- a mojar el churro en otro humedal.

Ignoro si estos resultados son extrapolables al género humano pero, por si suena, voy a comprarme una flauta, a ver si doy con mi media mandarina para hacer un dúo pélvico-púbico a la frecuencia que el cuerpo permita.

FOTO: Aedes Aegypti sorprendido en pleno desayuno.


martes, 27 de enero de 2009

Die Natch von Saragossa

Ni Gardel ni Goyeneche ni Lamarque ni Sosa ni ninguno de los tantos y tan inolvidables cantantes argentinos sospecharía de la existencia de Die Natch von Saragossa, un tango grabado en 1933 en la Alemania de Hitler que se convirtió en uno de los temas más populares de la orquesta de Emil Roósz en el Hotel Excelsior de Berlín, la metrópoli de la bauhaus y del expresionismo, de la euforia y de la tristeza, de la hiperinflación y de los grandes negocios, cuando la gente se divertía aún en cabarets y salas de baile.

Tampoco estaría yo escribiendo esta nota de no ser porque la traducción al español de título tan sugestivo no es otra que La noche de Zaragoza, ciudad al otro lado del charco en la que tengo mis amores más profundos, mis cariños más sentidos y mis afectos más consolidados.

El año en que ardió el Reichstag, el año en que Fritz Lang, Arnold Schönberg y otros prójimos hicieron sus maletas tras verle los colmillos a Hitler, Die Natch von Saragossa fue compuesta para que se bailara, con éxito arrollador, en los mejores salones de la capital. La guerra acabó sepultándola en el olvido y hoy solo conocen su existencia los coleccionistas de discos de pizarra de 78 rpm.

Podéis escucharla aquí -haciendo click sobre la flechita de la izquierda que apunta a la derecha- cantada por una celebridad, Agustin Egen, al que llamaban el Rudy Vallee de Alemania. Rudy fue el primero en grabar As time goes by, 13 años después de que se estrenara la inolvidable Casablanca de Bogart y Bergman.

Para mí, lo fascinante de la canción es el misterio de su título: ¿por qué Zaragoza?... ¿qué se dice de ella?... En realidad, nada. La verdad es que dice Zaragoza como podría decir cualquier otro lugar del mundo. Ni el nombre de la ciudad era necesario para la rima, ni la letra ofrece ninguna pista. Tal vez los autores tuvieran algún tipo de relación con la capital aragonesa.

El origen de la canción también es un tanto oscuro. Según la etiqueta del disco, se trata de una obra original de Frey y Wilczynski. El primero de ellos parece ser quien puso letra a algunas canciones populares y el segundo apellido apunta a un compositor de origen polaco, presumiblemente judío, muy conocido en la Alemania de la época, que compuso para las principales orquestas del momento.

En cualquier caso, Die Natch von Saragossa fue un éxito entre lo más selecto de la sociedad alemana, considerando que el Excelsior donde se tocaba era el hotel cumbre del lujo, con 600 habitaciones, 9 restaurantes y una biblioteca en la que cada día se podían leer 200 periódicos de todo el mundo. El partido nazi quiso convertirlo en el cuartel general de Hitler. El director del hotel rechazó la idea y acabó pagándolo caro. Pero eso fue después y es otra historia.

FOTO: Etiqueta del disco de pizarra publicado por el sello Kristall.


martes, 6 de enero de 2009

El GR-11 y la Santa Compaña

El GR-11, también conocido como senda pirenaica, es un gran recorrido de 47 etapas que cruza todo el Pirineo español, desde el Cabo Higuer en el Mar Cantábrico hasta el de Creus en el Mediterráneo. Nos habíamos propuesto hacer un par de etapas durante los días 2 y 3 de enero, pero encontramos la cota de nieve demasiado baja, de modo que hubiéramos necesitado esquíes, raquetas y tal vez hasta crampones para avanzar por algún tramo helado. Demasiado equipo para lo pretendido: una pequeña travesía sin complicaciones.

Decidimos olvidarnos del GR-11 y optamos por algunos senderos en cotas más bajas que, teóricamente, deberían estar más transitables. La niebla nos jugó unas cuantas malas pasadas. Lo cierto es que salimos advertidos de este riesgo, pero hicimos oídos sordos a los aguafiestas de servicio, contando con nuestra experiencia en la zona y, por si un aquel, con brújulas y mapas como complementos necesarios para el caso.

La aventura terminó bien… Bien jodidos, por la dichosa niebla, con el frío metido hasta los huesos, pero contentos de haber superado la prueba. Aquí van unas pocas fotos.


Esta primera me recuerda una antigua leyenda gallega: la procesión de la Santa Compaña. Se trataba de una pequeña comitiva nocturna de dos filas de espíritus -según algunos, almas de muertos- llevando, cada uno, una luz. A la cabeza va el portador de una cruz y un caldero. El caldero es un recipiente mágico celta, contenedor de la energía femenina: sentimientos, inconsciente, receptividad, intuición... En algunas versiones de la leyenda, este portador es un humano vivo, condenado a vagar por las noches con ellos hasta encontrar en su camino a otro humano al que entregará la cruz y el caldero. Hasta entonces irá aumentando a diario su palidez y adelgazamiento, sin que pueda recordar, durante el día, su actividad nocturna.

Aquí vamos ya un poco mejor, caminando por una zona libre de nieve, sin los impermeables que nos protegieron del frío bajo cero y de la humedad de la niebla omnipresente. El último soy yo, con una remera gris de manga corta que me traje de Asunción. Me tuve que abrigar enseguida, por cierto, para evitar mayores males.

Esto es el Paseo de Colón, ya en Zaragoza, con el carril bici en primer plano y aún con algo de la neblina que nos acompañó en la montaña. Yo vivo al lado, al final del parque que se ve a la derecha. No sé por qué se llama Paseo de Colón, porque estoy muy seguro de que el almirante don Cristóbal jamás paseo por acá, a pesar de que, a la izquierda, sin que se aprecie en la foto, discurre el Canal Imperial de Aragón, que fue navegable en la antigüedad, mucho después de que las legiones romanas fundaran, en el año 13 antes de Cristo, la ciudad de Cesaraugusta -por lo de César Augusto emperador- hoy nuestra moderna Zaragoza.


Reyes Magos

No sé si la religión la habremos concebido los hombres, como sostienen los escépticos, para tratar de explicarnos un mundo que no entendemos pero, desde luego, es cierto que hemos inventado los mitos para mantener el halo imaginario o misterioso que algunas realidades necesitan para ser comprendidas.

Así ocurre con los Reyes Magos, que vienen a ser la manifestación más deslumbrante del mito de la inocencia perdida, quizás el más necesario de todos, en un mundo tan dolorosamente comprometido por su ausencia.

Por eso continuamos dándole hilo a esa maravillosa cometa de fantasía, más allá de las evidencias. Por eso nos domina esa decepcionante sensación de amargura cuando comprobamos de veras la identidad plausible y racional de nuestros mágicos benefactores. Y por eso mantenemos la liturgia quimérica y seductora de esta jornada, cuando ya no tenemos infancia que complacer ni engaño que alimentar: porque necesitamos, siquiera de vez en cuando, disfrazarnos con el oropel de una dulce y benévola mentira con la que volver al tiempo en que creíamos que cualquier cosa era posible con sólo imaginarla.

En días como hoy está permitido soñar. Pensar que nadie es lo suficientemente malo como para no recibir su dosis de cariño. Aceptar que el carbón del desencanto ya está bastante presente en la existencia cotidiana.

Hoy es el día en que tenemos derecho a conquistar un pedazo de fantasía y de triunfo, de dar y recibir símbolos de afecto y de permitirnos un espejismo de ternura entre tanta desolación. Hoy es la fecha señalada para darle marcha atrás al tiempo y retornar a los días en que era tan fácil ser feliz que bastaba con desearlo.

¿Quién dijo que los Reyes Magos no existen? Si acaso, al menos hoy, los que no existen son los padres, desaparecidos en la magia de un truco elemental, querido Watson: el pequeño milagro de una ilusión.

FOTO: Reyes Magos. Artesanía de barro en Areguá.