sábado, 23 de mayo de 2009

Tribus urbanas: Emos

En un entorno como el nuestro, de claves indefinidas, donde cada cual atrapa su espacio a su manera, los emos no son más que una forma de expresión de jóvenes que tienden a victimizarse.

Se trata de una nueva e inquietante tribu urbana, cuyos cultores rechazan sistemáticamente a su familia, a la sociedad y a la humanidad completa que, por supuesto, no les comprende. Vestidos de negro, con los ojos maquillados, flequillo a lo pijo alternativo y mirada triste, se autoflagelan para mostrar su dolor. Se definen como personas sensibles, víctimas inadvertidas del mundo que las rodea.

Los emos suelen ser gente delgada que se deja el pelo largo para ocultar parte de su rostro, no vaya a ser que los vean. Debido a su andar afeminado, a veces son confundidos con los metrosexuales -otra tribu urbana de la que me ocuparé en su momento- hombres que cuidan excesivamente su estética y terminan brindando un aspecto femenino.

Los emos tienden a llorar por las esquinas, con o sin motivo, haciendo un mundo -a veces dos o tres mundos- de sus imaginarios problemas. Predican la anarquía, el socialismo y el comunismo, vistiendo ropa de primeras marcas y alto precio, tipo lacoste, burberrys o ralph lauren. Sus champions, por excelencia, son las converse all-star o “pisahuevos”.

Se consideran vegetarianos porque queda cool ir de eso, por más que luego se zampen en el Mac Donals un bigmac con lechuga, y consideren bocadillo vegetal a esa mezcla pringosa de carne, lechuga y huevos duros con medio litro de mayonesa.

La especie, cuyos pasos evolutivos no se conocen con seguridad, usa pantalones ceñidos en exceso, probablemente sustraídos del armario de su hermana, a condición de que no sea caderona, remera oscura y mochilas de cartero llenas de parches de bandas emo punk. A veces se colocan gafas de pasta, aunque vean perfectamente, cinturones de cuadritos de colores y características cromáticas inusuales, o de tachuelas. Tienden a exhibir bordados con forma de estrellita de dudosa tendencia sexual, con puntas redondas, no se vayan a pinchar, corazones y caritas tristes o pseudocadavéricas, con una curiosa devoción por hello kitty, la gatita blanca antropomorfa que lleva un lazo en su oreja izquierda. También les encanta gloomy bear para acompañar las emociones o antiemociones de la especie. Es un osito encantador, tierno y blando aunque, en realidad, se trata de una bestia que asesina y devora humanos.

En grupos, suelen ir tomados de la mano -iba a escribir “cogidos”, pero mi estricta correctora de estilo no me lo permite- no vaya a ser que se pierdan. Luego se ubicarán en una esquina oscura a escuchar su ipod rosado, decorado con la sangre de sus propias venas abiertas, para quitarse una foto tapándose la boca o con cara de sorprendidos o tapándose la boca con cara de sorprendidos.

Estos emos virales, que no viriles, contagian con su sola presencia a las demás criaturas de dios, provocando que la enfermedad flequillus emoide esté actualmente en vías de convertirse en una pandemia al estilo de la gripe del cerdo, con perdón. Véase si no el animalito de al lado o el caso más dramático del mismísimo Emo Morales.

Dentro de unos años, los supervivientes irán al trabajo vistiendo saco emidio tucci y corbata de seda natural, y escucharán a Moby, que es como escuchar hoy a Kenny G y hace 20 años a Ray Conniff.

FOTO (Arriba del todo): Chico emo despidiéndose de su mejor amiga antes de cortarse las venas.

viernes, 15 de mayo de 2009

El corazón de la memoria

Has navegado por un río de dolor que lleva hasta el corazón de la memoria. Has visto apagarse en tus brazos la vida que te dio la tuya, como una vela que se extingue entre un chisporroteo de estertores y has flotado, a tu pesar, en ese amargo vacío sin respuestas que siempre crea la aparición cercana de la muerte.

Te ha herido la mirada el resol de la mañana de mayo que enciende los muros de cal de una casa invadida de ausencias, en la que cada rito cotidiano te clava la punzada de una soledad pastosa, densa e inerte.

Has sentido el silencio hueco y funeral del desamparo cuando recorres las estancias que habitó tu niñez colorida de voces y presencias, cuando acaricias los muebles y los armarios y los libros donde reposa la huella polvorienta del tiempo que dejaste atrás.

Has desandado el camino de tu propio ser hasta el primer instante que recuerdas y, en esa dolorida exploración, se te han acumulado las horas hechas años hasta dejarte exhausto, apaleado por un remolino de sentimientos, estacado de zozobra en mitad del patio donde jugabas con la feliz disipación de la inocencia, quizá bajo este mismo trozo de azul en el que oyes cantar los pájaros y mecerse las flores recién abiertas, como esa rosa que alguien acaba de dejar en tus manos.

Al cerrar por fuera el viejo portón, has notado en tus entrañas el golpe seco de la madera vencida y sabes que has bajado la persiana de una etapa que ya no volverá, salvo en la bruma de la memoria con que alcances a evocarla.

Nada hay tan común como la muerte de un ser querido, pero en ese trance decisivo, jamás sirve de nada la experiencia. No vale el esfuerzo intelectual ni el consuelo moral ni la misma certeza del desenlace.

Al final, estás solo delante de la maldita puerta que tendrás que cerrar con la melancolía de un expatriado, mientras tu estómago te pega por dentro la patada brutal de la evidencia. Antes lo sabías o lo intuías, pero ahora lo sientes con una certidumbre definitiva, irrevocable: la infancia no acaba cuando te haces adulto, sino cuando muere tu madre.

Así que has vuelto lentamente de la áspera anestesia de los recuerdos al presente que dejaste colgado en la percha del recibidor cuando la angustia te agarró de las solapas para lanzarte a su vértigo de soledades y, en los periódicos ya caducos de las últimas horas, has buscado la hoja de ruta del retorno.

No te será difícil: todo está igual que antes de tu periplo al fondo de la nostalgia. El mismo ritual fatuo de palabras sectarias, el escenario idéntico de una política inmóvil, la trivial logomaquia repetida de consignas estériles.

Una breve, concisa cuenta mental te ha permitido calcular la diferencia: debe de haber quince mil parados más y ni siquiera eso resulta ya una novedad para tener en cuenta.


jueves, 30 de abril de 2009

La leyenda de Pirene

Ninguna de las montañas que arrugan la superficie de la tierra podría comparar su hermosura con la grandiosa belleza de los Pirineos, la cordillera que cose nuestra vieja piel de toro, España, al continente europeo.

En invierno, el tapiz blanco de la nieve afina el abrupto paisaje pirenaico, transformando picos y cumbres en suaves formas de impoluto algodón. En primavera, la naturaleza estalla de alegría y viste a las montañas con colores y tonalidades imposibles, superando con creces nuestra imaginación. En verano, cimas, crestas y picos se disuelven en el azul del firmamento en un intento inútil por alzarse hasta el cielo. En otoño, los bosques se tiñen de oro viejo, primitivo y valioso, como las leyendas del Pirineo.

Esta que voy a contaros es, para mí, la madre de todas ellas. La inventaron los griegos hace muchísimos siglos, cuando se enmarañaba la creación del mundo con la lucha de dioses disputándose la posesión de la tierra.

Dos de ellos eran extremadamente fuertes: Atlante, cuya misión era sostener sobre sus espaldas la cúpula celeste y Hércules, hijo de Zeus, valeroso como nadie, al tiempo que violento y cruel como ninguno. Atlante, de carácter afable y pacífico, vivía feliz en su reino de Atlántida. Hércules, apátrida, recorría el mundo sembrando el dolor y el caos por doquier. Ambos eran enemigos irreconciliables.

Hércules había engañado a Atlante con sus malas artes cuando fue a robar las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, ninfas que cuidaban de un maravilloso vergel ubicado al norte del país marroquí. Allá conoció a la más bella diosa de las Pléyades, Pirene, hija de Atlante. La pretendió como esposa, y la hubiera conseguido porque nada parecía imposible para él, pero Pirene adoraba a su padre y se juró a sí misma que nunca consentiría el amor de aquel energúmeno inhumano y atroz.

Desairado el dios en su amor no correspondido, en un arrebato de cólera partió la tierra con un golpe de su enorme clava o cayado, dando lugar a lo que hoy se conoce como estrecho de Gibraltar. En los dos extremos plantó sus columnas, Calpe y Abila. El agua del Mediterráneo se precipitó sobre la Atlántida, anegándola y destruyendo el maravilloso reino de Atlante. La bella Pirene consiguió escapar a la catástrofe huyendo hacia el norte, para refugiarse en los frondosos bosques de las montañas que más tarde llevarían su nombre.

Hércules, desorientado, recorría el mundo en su busca. Jamás renunciaría al amor de Pirene. La noticia llegó a los oídos de la diosa que, aterrada, incendió los montes, prefiriendo ver todo arrasado y aceptando su propia muerte antes que caer en los brazos del poderoso y caprichoso dios.

Hércules vio la terrible humareda elevándose hasta lo más alto del cielo y, presintiendo la tragedia, se dirigió a grandes zancadas hacia las montañas. Llegó al atardecer, cuando todo era ya una inmensa ascua de bosques ennegrecidos y árboles convertidos en carbón. Buscó a Pirene por valles, colinas, grutas y recónditos parajes, siguiendo el rastro de las lágrimas de su amada, que salpicaban la montaña y cristalizaban en ibones de intensos azules, pequeños lagos que el viajero puede admirar hoy en rincones de increíble belleza.

Encontró al fin a la diosa de sus amores. Quiso rescatarla del incendio, pero ya era tarde. Pirene agonizaba, sonriendo entre los estertores de la muerte, feliz de haber logrado burlar al poderoso hijo de Zeus. Jamás, ni ella ni el monte que le dio cobijo, se someterían a nada ni a nadie.

Hércules, por su parte, se juró a sí mismo que aquella tierra quedaría para siempre marcada con la señal de su amor imposible. Tomó con infinito cariño a Pirene y la enterró allí mismo y, con sus propias manos, preparó el colosal mausoleo. Desgajó del suelo las gigantescas rocas y montañas calcinadas y las fue apilando hasta dejar acabada una inmensa cordillera que desafía a los cielos y que, para siempre, se llamaría Pirineo, en memoria de la hija de Atlante, y como símbolo del amor del dios poderoso. Luego, angustiado y solemne, lo cubrió todo con un sudario blanco de purísima nieve.

De ese Pirineo, forjado en el fuego, la pasión y la fuerza, nacería más tarde una estirpe, una raza, un pueblo heredero de dioses, fantasías y amor a la libertad.


FOTO: Lágrimas de Pirene en el ibón de Estanés. Al fondo, el macizo del Aspe.

miércoles, 15 de abril de 2009

Cita con la memoria

Pasó junto a mí rozándome con su túnica morada, sin reparar en mi presencia, sin detenerse, caminando rápido y solemne, como una sombra muda y anónima avanzando con paso decidido y resuelto hacia su cita anual con la memoria. Apenas vaciló un instante antes de abandonar la penumbra de nuestro portal, como para acostumbrar sus ojos a la claridad limpia de abril.

Sé quién es. Nos hemos cruzado muchas veces en la calle, en el ascensor y en el garaje del edificio donde vivimos. No hemos hablado mucho, pero sí lo suficiente para saber que es un vecino cómodo, una persona erudita, con ideas claras y mente despejada, irreligioso, aunque hoy es un hombre distinto. Hoy no hay gestos, ni palabras, ni saludos. Dentro de unas horas será solamente un costalero anónimo portando la efigie de un Cristo Crucificado en la procesión de una desconocida cofradía. Nadie que no haya estado en las trabajaderas, juntando sus hombros y su esfuerzo con otros como él, sabe hasta qué punto se comparte ahí abajo la experiencia del sufrimiento.

Este intelectual escéptico me dijo un día: Yo no creo estar llevando a Dios sobre mis hombros, pero sí a un hombre que murió por el perdón de todos. Me basta con esto para involucrarme en un acto que no pretende ser más que una sencilla muestra de solidaridad con mi gente.

Esto es allá nuestra Semana Santa, en mi tierra lejana donde acabo de pasar unas cortas vacaciones: ni un rito atávico ni un aquelarre de fundamentalismo religioso, sino el reencuentro, en la armonía de la primavera, de un pueblo con el paisaje moral de sus sentimientos y de su conciencia, de sus pasiones y de sus emociones. El reencuentro con el Hombre.

Aún existen miradas vacías, simples y superficiales, que confunden esta fiesta de formidable intensidad sentimental con una tradición estúpida de ancestral folklore patrio o, peor aún, de fanático catolicismo integrista. Deberían, en cambio, ver y admirarse del asombroso respeto con el que cada cual vive la expresión de su fe o los motivos de su presencia. En pocas citas masivas se produce tantísima tolerancia. Políticos profundamente críticos con la Iglesia Católica, presiden sin conflicto alguno las procesiones de su ciudad. Mujeres pro-abortistas caminan descalzas tras la imagen del Gran Poder, protegiéndose acaso, con un pañolón, de la lluvia de cera de los cirios.

Es la gran fiesta del perdón, la cita del pueblo con la memoria, preservada a través del tiempo por una simbología de devastadora potencia emotiva y bellísima sensibilidad estética, que nos vincula con la necesidad de la indulgencia. Un ritual profundamente enraizado en la religión y en la ética, en esa dimensión social de la penitencia, el amor, la compasión y la piedad.

Los mismos valores del Hombre cuya figura crucificada y moribunda paseó estos días por nuestras calles. Del Hombre que, al perdonar a sus enemigos porque no saben lo que hacen, dejó abierto el poder de la misericordia incluso para los que sí lo saben.

¡Felices Pascuas a todos!


FOTO: Cofradía del Cristo Crucificado

domingo, 29 de marzo de 2009

Pirineo fantástico: Güixas

Dicen que las brujas del Pirineo, güixas en la fabla aragonesa, son las auténticas, las genuinas, las brujas más brujas del mundo de la brujería. Dicen que fueron ellas las primeras en entregarse al diablo en figura de macho cabrío y en convertirse en gatos negros. Pioneras de los vuelos a escoba, precursoras de los vuelos sin motor y adelantadas de los actuales vuelos de bajo costo. Las primeras también en dar con sus pobres huesos y enjutas carnes en las hogueras encendidas por las inquisiciones de turno.

A la hora mágica de la medianoche se reunían en aquelarres, vocablo de origen vasco con el que se designan los lugares donde celebraban sus rituales, en cuevas o a campo abierto. En estas celebraciones, las cohortes de brujas, lamias, magas, hechiceras y esperpentos veneraban al diablo, aparecido a veces como un macho cabrío y otras con forma humana con partes de animal, patas de cabra, cuernos o pezuñas. Tras horas de cánticos y ofrendas orgiásticas se abría un portal infernal para veneración, culto y salmodia a Satanás y para obtener poderes sobrenaturales.

Uno de los aquelarres más conocidos del Pirineo de Huesca es el que se celebraba en la gruta de la güixas, cerca de mi casa de Jaca, bajo el impresionante macizo de Collarada, donde las formaciones pétreas se manifiestan en todas sus variantes. Según se avanza hacia el interior, la cueva va ganando altura, sonidos, formas y murciélagos hasta llegar a una gran sala de 16 metros de altura que cuenta con un agujero por el que pueden verse la luna y las estrellas, elementos imprescindibles y en condiciones perfectas para invocar al demonio. Además, se abre al lado de un dolmen, dato importante puesto que, de alguna manera, se relacionan así los ritos atribuidos a las brujas con la antigua religión de los pueblos megalíticos, es decir, el mundo de los vivos y el culto a los muertos.

Las güixas se reunían también en corros de brujas, en lugares al aire libre, abrigados y de difícil acceso. La arquitectura de estos corros responde siempre a un mismo patrón que se supone mágico. Sobre la circunferencia exterior de un círculo de 7 metros de diámetro crecen, equidistantes, 7 árboles tejos y, debajo de ellos, mirando hacia el centro del círculo, se sitúan 7 grandes piedras, como sitiales para cada una de las 7 brujas del corro.

El tejo, poderoso y longevo, es el árbol mitológico por excelencia de druidas y chamanes, que puede llegar a vivir todo un milenio. Se le relaciona con la vida por su extremada longevidad y con la muerte por su elevada toxicidad. Su savia de color rojo oscuro, como la sangre, contiene un veneno que podría matar a un caballo en menos de cinco minutos. Con él se suicidaban los guerreros celtas y astures que preferían morir antes que ser derrotados y caer en la esclavitud del invasor romano.

No todas las reuniones brujeriles eran iguales. Los esbat, de importancia menor y más habituales, podían celebrarse en encrucijadas de caminos, bosques, ruinas o incluso en casas. Los sabbat, sin embargo, se reservaban para días especiales como la noche de difuntos o la de San Juan, desarrollándose en lugares cargados de energía y misterio.

Cuando iban a morir, las brujas pasaban sus poderes estrechando las manos de alguna nieta o sobrina. La güixa aprendiz debía someterse entonces a una ceremonia iniciática que, en algunos lugares, consistía en arrancarle los ojos a un gato vivo y, en otros, la novicia tenía que clavarle 7 alfileres o agujas grandes a un gato negro que, con la séptima, debería morir. Me imagino el final del pobre gato pero, sobre todo, me imagino el estado en que quedaría la futura bruja, después de soportar los desesperados mordiscos y arañazos del animalito. ¡Como para renunciar al cargo!

El tiempo de las brujas ha pasado ya pero, aún hoy, en muchas casas del Pirineo se siguen encontrando símbolos espanta brujas, tales como la flor de un cardo llamado eguski lore o flor del sol, que se cuelga en la puerta de entrada, o chimeneas preparadas para impedir que la güixa se cuele en casa sin llamar.

FOTO: Espanta brujas -flor del sol- sobre un viejo portón.

domingo, 22 de marzo de 2009

Tribus urbanas: Calientapijas

En este escrutinio bloguero de las tribus urbanas desde mi particular punto de vista, que nadie se dé por aludido. Cualquier parecido con hechos o personas reales es absolutamente cierto.

Los hombres las conocemos bien. Están ahí, a nuestro alrededor, probablemente desde el comienzo de los tiempos, desde que se inventó la rueda. Proliferan en discotecas, bares, reuniones, seminarios, restaurantes, cataratas de Iguazú, oficinas, ministerios, colectivos, aeropuertos, buque-bus... Ni siquiera casamientos, bautizos, comuniones y cumpleaños se libran de la plaga. Su conducta resulta particularmente frustrante para la víctima.

Pero comencemos por el principio. Las susodichas calientapijas -perdonen la expresión- son esas hembras que juegan a engatusar al macho humano, haciéndole albergar expectativas de delicioso disfrute de placeres carnales y paradisiacos, llevándole luego a una profunda desesperación al ver que, finalmente, no se produce el esperado refocilamiento y la consiguiente liberación de tensiones y fluidos. Cuando lo tienen más caliente que los fogones del infierno, le dan la espalda y le dejan yerto, deprimido y malogrado, con un temible dolor de huevos, una mala leche legendaria y con la pija más tiesa que el palo de la bandera.

Disfrutan agachándose frente a ti con movimientos precisos y estudiados para que, inevitablemente, tus ojos apunten con obstinación a ese objeto de deseo que llamamos vulgarmente culo, o a ese par de rotundas tetas que exhiben con generosidad, trivialmente sustentadas por un mínimo corpiño que apenas acierta a cubrir la morena aureola de sus pezones.

Tienen la rara habilidad de poder enseñarte el ombligo sin quitarse la remera, facilidad de palabra altamente soportable en estados de semi-embriaguez masculina, y abuso desmesurado y continuo del capital económico del atormentado varón. La labor de la calientapijas se considera más perfeccionada cuanto más lejos lleva a su víctima en la persecución del engaño, cuanto más se prolonga la expectativa de disfrute de todo tipo de placeres lascivos y libidinosos.

Ahora, con las nuevas tecnologías, algunas se dedican a grabar vídeos calientapijas, vestidas de calientapijas y meneando las caderas como si bailaran el hula-hoop. Luego los suben a youtube con la finalidad de que medio mundo se masturbe a su salud, cavilando sobre cómo se la cogerían.

Se las considera una división, variante o subvariante alternativa de las putas de mierda, hijas de puta o hijas de la gran puta. Algunos las catalogan en la gama blanca de los electrodomésticos, como mujeres micro-ondas, visto que calientan pero no cocinan.

Lo cierto es que, más temprano que tarde, acabarán enamorándose de algún tipejo gilipollas e inútil, cretino e insustancial, haragán y zascandil, sandio o carruaje que las humillará, ninguneará, corneará y puteará como una forma de restablecer el equilibrio entre sexos. Ellas, de paso, recibirán así el merecido castigo por su enemiga malquerencia, desafecto y crueldad.

Por todo el daño que nos infligieron en nuestro amor propio.


FOTO: Calientapijas en acción.

domingo, 8 de marzo de 2009

Códigos de conducta

Durante mis ya lejanas vacaciones de Navidad en Zaragoza, asistí a una conferencia en la facultad de filosofía y letras atraído por su título, que me llamó poderosamente la atención: la invención de la moral. Sentí como que el enunciado venía a cuestionar algo tan absoluto y tan obvio como la noción de lo que está bien o de lo que está mal en lo que respecta a nuestra conducta humana, puesto que sólo el ser humano es sujeto de actos morales o inmorales.

Según el conferenciante, filósofo e historiador, la moral, así como la entendemos actualmente, es un concepto inventado a partir de la época de Mandeville (1300-1372) y de Maquiavelo (1469-1527), en contraposición a las fórmulas moralmente discutibles prescritas por estos autores. Véase, si no, el término maquiavélico, con su contenido de características como la perfidia, la falta de escrúpulos, la astucia y la doblez que, aún sin proponérselo, definen cabalmente y me traen a la memoria a cierta persona de mi entorno reciente.

Parece ser que, desde un punto de vista histórico, la noción de moral no ha existido siempre o, al menos, no ha sido siempre la misma. La definición de moral, del latín moralis, o de ética, del griego ethikos, hacen referencia en origen al consenso de un grupo social para actuar de una manera determinada, pero no de otras. Según esta perspectiva, la moral nos aporta una serie de reglas objetivas que nosotros asumimos y utilizamos en nuestra conducta social.

Venía yo de Cordillera manejando despacio en esta oscura y lluviosa mañana de domingo, detrás de una chatarra de las que cubren la línea del colectivo a la capital, pensando en todo esto, razonando lo razonable y preguntándome si realmente necesitamos un código de conducta. No hay nada moderadamente diáfano. Débiles, cobardes, estúpidos e hipócritas saludan con reverencia cualquier código de ética o principios morales por más que dudosos sean, dado que les proporcionan la oportunidad de poder esconderse tras ellos. Es más sencillo acatar una orden que tomar una decisión. Como no todo el mundo está capacitado para el vértigo de la justicia y su monodia la equidad, es más fácil hacerse con una lista ad hoc de bondades y maldades y llevarla siempre en el bolsillo.

Luego te apoltronas en la platea del teatro de la vida y aplaudes cuando se encienda el cartelito rojo de "aplausos" o rechiflas a los actores cuando creas que su interpretación no está en armonía con los particulares conceptos de tu lista. Porque ya sabemos que los histriones, coristas, payasos y comediantes de esta magna obra que es la existencia humana son unos pervertidos y están todos
mal de la cabeza.

Después, un vaso de leche y a la cama. Tan felizmente.

domingo, 1 de marzo de 2009

Darwin y el anís del mono

Se me descontroló el cuchillo pelando una piña y el maldito me rebanó limpiamente el dedo pulgar de la mano izquierda, con un saldo de siete puntos de sutura en el San Roque y una factura de casi medio palo. Así terminé febrero, sin poder dedicar unas líneas a Charles Darwin en el mes de su bicentenario. Lo hago ahora, con la mano vendada y dolorida, junto a un chupito de anís del mono, tan ligado al científico, para que me ayude a superar el trauma.

Como naturalista, Darwin participó en la expedición del capitán Fitzroy que, a bordo del Beagle, visitó América del Sur y las islas del Pacífico. Durante este viaje de 5 años, iniciado en 1831, desarrolló un enorme número de observaciones que le permitieron escribir y publicar El origen de las especies, su obra maestra, base de una teoría explicativa del mecanismo de la evolución de los seres vivos llamada darwinismo.

Por aquellos años, Malthus afirmaba que, de no controlarse, la población humana crecería en progresión geométrica y pronto excedería la capacidad planetaria de producción de alimentos, desencadenando lo que pudiera llamarse la guerra de las especies. Por su lado, Darwin estableció que, de cada especie, nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir y, en consecuencia, se desata una lucha en la que el triunfo está reservado a los capaces de evolucionar de algún modo provechoso para ellos, ante las complejas, variables y a veces extremas condiciones de la vida.

La polémica social y religiosa fue terrible. Mientras fundamentalistas y creacionistas rechazaban de plano estos principios, quiero recordar el singular homenaje que, en la atrasada España de la época, rindió un fabricante catalán de anís a este genio de la ciencia moderna. En realidad, nadie está seguro de si se trató realmente de un homenaje o de un intento de denigrar al científico y, probablemente, nunca se conocerán las auténticas razones que impulsaron a los hermanos Boch a colocar a Darwin, con cuerpo de simio, en las etiquetas de su ya más que centenario anís. Pero ahí está desde 1898.

Para los que no se hayan percatado del detalle, dejó al lado la fotografía del inglés para comparar con la imagen que aparece en la etiqueta del anís del mono, uno de los símbolos que más y mejor reflejó las costumbres e idiosincrasia españolas durante muchos años. El Darwin primate sostiene un papel en su mano derecha donde puede leerse "Es el mejor. La ciencia lo dijo y yo no miento", cuyo significado y pertinencia no acierto a comprender con claridad.

Sea como fuere, lo cierto es que el rostro de Darwin lleva más de cien años apareciendo en las botellas del anís del mono. Y ya me dirán qué homenaje se puede comparar a este, con más de un siglo de publicidad gratuita. Muchos, seguro, venderían su alma al diablo por menos de la mitad.

FOTO: El famoso icono sigue ganando batallas, sin ninguna alternativa al establecido logotipo.

lunes, 23 de febrero de 2009

Mochila de emergencia

El alcalde de Madrid ha propuesto un plan de protección civil que recomienda tener preparado y a mano una especie de equipo familiar de supervivencia al que recurrir en caso de catástrofe, con medicamentos, teléfono, radio, agua, etc., para no salir, con las prisas, de cuerpo presente en el telediario de la noche.

Me gusta la idea y, visto cómo las gastan por acá, creo que no estaría mal procurarse una mochila, zurrón, alforja o talega de evacuación rápida, por si pintan bastos y hay que abandonar esto a toda pastilla, por tierra, río o Silvio Pettirossi, fallecido por cierto en un vuelo que le pilló sin mochila, en forma de paracaídas, cuando verificaba las reparaciones hechas a su avión, que ya es perra suerte.

En esta línea de sobrevivir al desastre, he decidido aviarme un equipo de supervivencia marca FG, bidireccional, que me sirva tanto para salir zumbando -mic mic- hacia Clorinda como para soportar estoicamente lo que se me venga encima, que viene suave con esto de la crisis.

Para el cuidado de la salud de uno, nada de ibuprofenos ni mariconadas de esas. Una cajita de gripidol es lo primero que pienso meter: barato, eficaz y paraguayo. Otra de imodium contra la diarrea, por lo del cambio de aguas. Una pomada antialérgica cridermol para uso tópico cuando las estupideces de políticos partidarios y líderes indígenas me provoquen picores y sarpullidos, y unos cuantos envases de alkaseltzer como paliativo para la previsible resaca de la mañana que sigue a la noche anterior.

Contra una eventual disfunción eréctil, nada mejor que unos comprimidos 36 horas, a base de tadalafil y, como complemento indispensable, una caja grande de condones sultán lubricados con silicona, sabor a frutilla, y un repelente marca off contra las calientapijas expertas en el hostigamiento simultáneo de entrepierna y billetera.

Para cultivar el intelecto, un ejemplar de El mundo sin fin que Laura me regaló en la feria del libro en Buenos Aires, unos cedés de Sabina, la colección completa de Mafalda y un par de botellas de merlot, sin olvidar un inhibidor de frecuencias marca Acme que me impida sintonizar la tele.

No estaría mal añadir una laptop pequeña a pilas, por si algún gánster brasilero nos jode la energía de Itaipú, una lista de librerías en Buenos Aires, una bufanda de lana para sentarme a leer en las terrazas de los cafés en invierno, un jamón ibérico de pata negra y el número de teléfono de alguna casa de hetairas, izas, rabizas o colipoterras de buena reputación.

Entre el pasaporte y la american express meteré un kalashnikov adquirido en Ciudad del Este o, si no lo consigo, una escopeta de cañones recortados. Porque sería indecoroso irme de acá sin agradecer los servicios prestados a quienes me cobraron de más por ser extranjero, me vendieron productos caducados, me intentaron coimear para darme la placa del auto, me mintieron y traicionaron sin motivo, me estafaron con el pintado de la terraza, se me comieron lo mejor de la heladera, se bebieron mi tempranillo de 100.000 guaracas la botella, me pidieron prestado para no devolverme la plata jamás y se me llevaron hasta la foto de Penélope Cruz que tenía en la mesita de noche. Compréndanlo.

FOTO: Sultán, el preservativo más seguro.


martes, 10 de febrero de 2009

El asesino

Compartiendo colchón con el bostezo y la humedad de la tarde, terminé de leer The Handmaid’s Tale, 1985, uno de los mayores éxitos literarios de la prolífica poetisa, novelista, crítica literaria, feminista y activista política canadiense Margaret Atwood. Se trata de una utopía negativa ambientada en una sociedad de derechas monoteísta ubicada en un vertedero nuclear, el antiguo Boston. Se adaptó para el cine y creo que también como una ópera.

Con sus 70 tacos a cuestas, la Atwood sigue luchando por la defensa de los derechos humanos, la libertad de expresión y utopías varias. Todo el dinero del galardón Booker Price lo donó para colaborar con causas medioambientales. Ahora acaba de ser distinguida con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y ha publicado en España una colección de relatos cortos en edición limitada no venal.

El caso es que uno de ellos me recordó el juego con el que nos divertíamos los adolescentes de mi barrio. Por aquel lejano entonces, andaba yo precariamente enamoriscado de una linda y delicada criatura, rubita ella, que se llamaba Begoña, que estaba enamorada de Alberto. La otra chica, cuyo nombre he olvidado, estaba enamorada de mí. Nadie sabía de quién estaba enamorado Alberto, que tenía fama de ser un poco rarito. Había más gente, pero no viene al caso.

Durante el desarrollo del juego, se apagaban las luces de lo que nos parecía un lugar fúnebre y terrorífico en el caserío de mi abuelo y jugábamos al asesino, que así se llamaba el juego. A los chicos nos permitía disfrutar poniendo las manos alrededor del cuello de las chicas y a las chicas el placer de gritar.

Se comienza doblando varios trozos de papel que se introducen en un sombrero, un cuenco, un bote de galletitas herzen vacío -que Lau me regaló lleno- o lo que sea. El que saca la X es el detective y el que saca el punto negro es el asesino, pero el resto de jugadores no sabe quién es el criminal. El detective apaga la luz y se queda quietecito junto al interruptor. El resto se mueve a ciegas en la oscuridad hasta que el asesino elige una víctima cuyo cuello rodea con sus manos y le da un terminante y decisivo apretón. La víctima lanza un grito y se desploma. Ahora todo el mundo tiene que dejar de moverse menos el asesino que, naturalmente, no desea que le encuentren cerca del cadáver.

El detective, al oír el grito, cuenta hasta diez, enciende la luz y comienza el interrogatorio. Todo el mundo debe decir la verdad, menos el asesino, que tiene que mentir. La víctima no está autorizada a contestar, dado que está muerta.

Recuerdo que, a veces, el criminal ponía sus pecadoras manos en alguna zona considerada prohibida del cuerpo de la chica víctima, con lo que el atrevido asesino quedaba expuesto a recibir una sonora bofetada si no se agachaba a tiempo. Otras veces, a la chiquilina le complacía el sobo y se demoraba en gritar.

FOTO: Tras hábil interrogatorio al mejor estilo Poirot, el de las novelas de Agatha Christie, el asesino ha sido identificado y esposado.