sábado, 11 de julio de 2009

La leyenda de Damián

Dedicado a mi querido amigo Raimundo Espiau, Rai,
con quien he pasado ratos muy agradables
conversando sobre nuestro Pirineo.

Cuentan los viejos montañeses que el fondo de los ibones, los pequeños lagos de montaña que salpican una gran parte de las cimas y valles altos de los Pirineos, está habitado por unos seres femeninos de origen mitológico, las hadas o fadas d’os ibons, como se dice en la antigua fabla aragonesa.

Hace ya muchos años, en Canfranc, un hermoso pueblecito cercano a la frontera con Francia, vivía Damián, más conocido como el cucharero, por su habilidad para fabricar con su navaja, utensilios en madera de boj o bucho. Era hombre de montaña, un poco hosco, escaso en palabras y hábil en recursos, obligado a sobrevivir al duro clima de las cumbres y a las difíciles pruebas que le imponía su poco amigable hábitat. Formaba parte del grupo de pastores trashumantes de la comarca. Cuidaban del ganado en los pastos altos y descendían a las tierras llanas -donde la nieve desaparecía antes- en cuanto asomaban los primeros fríos.

Ese año, Damián había sido padre de un niño. Cuando marchó al llano el invierno anterior, su mujer, con una sonrisa pícara, le había prometido que, al regreso, encontraría “nuevo ganado”. Nunca imaginó que se refería al ereu, el heredero de su humilde casa. Al volver, se encontró con una hermosa criatura a la que pusieron de nombre Fabián, como su abuelo.

Los meses pasaron rápido y, cuando quiso darse cuenta, el invierno volvió a ocupar su lugar. Esta vez decidió quedarse junto a su hijo y anunció que no bajaría al llano con el ganado. Sus compañeros pastores le llamaron loco. El mairal, el más veterano en la profesión, le amenazó con echarle del grupo, pero todo fue inútil. Damián quería pasar la Navidad con su esposa y su retoño, y vivir en su hogar; no en el monte.

Había invertido muchas horas tallando docenas de cucharas, cazos y cucharones que pretendía vender recorriendo los pueblos aledaños, y ganar así el dinero necesario para sobrevivir a la estación invernal. Pero llegó el 24 de diciembre y Damián había vendido muy poco, de modo que decidió pasar a Francia y probar suerte allí. Para mantener la cabeza alta, debería volver al pueblo con dinero suficiente antes del anochecer.

Partió aquella fría mañana de la Niubuena sin atender los ruegos de su mujer y su suegra. No creía en historias de biellas. Había escuchado muchas veces que, en los ibones del puerto, habitaban seres malignos que acababan con los caminantes que se atrevían a pasar por allí en aquellos días mágicos del solsticio de invierno. Sabía que el verdadero peligro, cuando se anda por las cimas, consiste en no reconocer a tiempo las crepas o grietas en el hielo, bajo la nieve, como le pasó a su hermano.

En el país vecino le fue bien. Logró vender una buena parte de su mercancía, pero esperaba algo más y apuró el tiempo todo lo que pudo, hasta que comenzó a anochecer. Conocía bien el camino y confiaba en las estrellas, como lo había hecho en tantas otras noches de pastoreo.

Sin embargo, esa noche, la cima del puerto le sobrecogió. La nieve amortiguaba el sonido de sus pasos, el viento estaba en calma y el silencio era absoluto hasta que, de pronto, escuchó la voz. Miró hacia la superficie brillante y negra del ibón. Allí no había nadie y, sin embargo, los sonidos venían del lago. A la primera voz se unieron otras, todas de mujer. El coro entonaba una melodía extraña y bellísima a la que se iban uniendo nuevas notas, acordes imposibles y misteriosas resonancias. En seguida, su nombre formó parte de aquella suave armonía, de aquellas sibilinas y engañosas voces que le llamaban:

-Damián, Damián, ven, ven… -resonó en la cumbre del puerto.

Le temblaba todo el cuerpo. Dejó resbalar el morral y comenzó a caminar hacia el ibón, atraído por una fuerza irresistible y fascinante. El hechizo de las fadas volvía a elevarse por encima de las aguas heladas, de la nieve y de las cumbres, y su poder, venido de otros mundos y otros tiempos, arrancaba de la vida al pobre Damián.

La profundidad del ibón fue su tumba.

Pasados los años, todas las Nochebuenas, un joven montañés llamado Fabián, sube al puerto y arroja una rama de boj, de bucho, a las cristalinas aguas del ibón.


FOTO: Ibón de Arriel, en el Valle de Tena, Pirineo Aragonés.

sábado, 4 de julio de 2009

Carmen Calvo dixit

Groucho Marx definió la política como ¨El arte de buscar problemas, encontrarlos, formular un diagnóstico falso y aplicar remedios equivocados¨. Sin discrepar un ápice de tan esclarecedor enunciado, puntualizo por mi cuenta que lo execrable de la política es que crea políticos que suelen alcanzar determinadas cotas de poder y que el poder político, valga la redundancia, engendra una especie de síndrome del prepotente que aleja de la realidad a quienes lo padecen. Adicionalmente, los rodea de un halo de estúpida arrogancia y los vuelve impermeables a la crítica y refractarios a la sensatez.

En esta línea de deficiencias neuronales, Carmen Calvo fue titular, en España, del Ministerio de Cultura, y ahora es vocal de las comisiones de Defensa e Igualdad y de Políticas Integrales de la Discapacidad. Las celebérrimas estupideces de esta mujer, surgidas de las más oscuras madrigueras de la ignorancia, no tienen nada que envidiar a las que atribuíamos a algunos personajes paraguayos hace unas pocas semanas. Estas son algunas.

Pontificando -nunca mejor dicho- sobre los vocablos o giros de origen inglés que se han ido incorporando a nuestra lengua, afirma, sin sonrojarse, que el ¨Español está lleno de anglicanismos¨. Seguramente, quiso decir anglicismos, pero confundió Gran Bretaña con el Vaticano. No es de extrañar: ¨Yo he sido cocinera antes que fraila¨, confiesa. Lástima que no lo siga siendo.

Prosigue dándole caña al idioma y establece, con absoluto desparpajo, que ¨Un concierto de rock en español hace más por el castellano que el Instituto Cervantes¨. Visto así, no sé qué hacemos gastándonos plata en tan inútil organismo. Lo aclara ella misma: ¨Estamos manejando dinero público y el dinero público no es de nadie¨. Menos mal, ya me quedo más tranquilo aunque, pensándolo bien, se trata de la misma filosofía de Vera, Roldán, Barrionuevo, Sancristóbal, Amedo y otros colegas del progresismo sociata, que acabaron en la cárcel por manilargos, o sea, por meter la mano en saco ajeno.

Obsesionada por la concertación del género -gramatical, claro- que les ha entrado a estas analfabetas, dice la Calvo que ¨Las señoras tienen que ser caballeras, quijotas y manchegas¨. En este punto discrepo totalmente con la ex­-ministra porque a mí, después de tantos años, me siguen gustando como me han gustado siempre, es decir, lindas, femeninas y cultas. Y si, como de paso, están bien buenas, pues mejor.

No aprobó la geografía del bachillerato. Asegura que ¨La romería del Rocío es la explosión de la primavera en el Mediterráneo¨. Hermosa frase… si no fuera porque el Rocío está en Huelva y Huelva está en el Atlántico. A nivel planetario, las cosas no mejoran: ¨Deseo que la Unesco legisle para todos los planetas¨. Los extraterrestres se van a mear de risa. Primero para el planeta de los simios, sugiero, primos hermanos al fin.

En Pamplona, en los Sanfermines, hablando con el alcalde, dejó caer otra perla: ¨Si quieres que te sea sincera, pensaba que solo se vestían así los cuatro que salen en la tele, corriendo el encierro. Mi hija de 4 años creía lo mismo¨. Podría ser ministra la niña. Están a la misma altura.

Hablando de la piratería, dedica un recuerdo a las palabras de Leonardo da Vinci cuando, según ella, sentenció que ¨Lo que mueve el mundo no son las máquinas, sino las ideas y, por lo tanto, defenderlas del plagio es una batalla necesaria para la sociedad¨. Mariscal de la derrota el tal Leonardo, porque la frase es de Víctor Hugo.

Un diputado, tras leer una cita de la ministra, añadió: ¨Carmen Calvo dixit”, a lo que ella, airada, replicó: ¨Ni dixie ni pixie, señor diputado, más respeto, que estamos en una sesión del Congreso¨.

Para terminar, creo que esta es la joya de la corona: ¨Me gusta madrugar para poder pasar más rato en el baño. Allí leo el diario, oigo la radio, pongo música y hablo por teléfono con los alcaldes en bragas¨. No deja claro si la que habla en bragas -bombacha- es ella o los alcaldes -intendentes- , pero me parece una conducta reprobable que requeriría algún tipo de explicación neurosiquiátrica.



FOTO - Dixie y Pixie, popular pareja de ratones en los dibujos animados de la televisión de 1958 a 1962, creados por Hanna-Barbera que, junto con el gato Jinks, hicieron las delicias de los niños de aquella época.

sábado, 27 de junio de 2009

Hans

Hans olía mal y la lluvia del amanecer parecía haber encendido los olores. La tierra se había perfumado de pachuli y nuevos aromas, viscosos y penetrantes. Rostros sombríos, la gente madrugadora había salido ya de la oscuridad de sus chabolas. Los necesitados de evacuar con urgencia orinaban sin recato al borde del camino mientras que otros, más circunspectos, se alejaban un poco buscando la discreción de los arbustos que rodeaban las casuchas, cuidándose de las cobras, difíciles de distinguir sobre la tierra ocre. Algunos habían sacado palanganas de agua para lavarse en ellas de cualquier manera, sin desnudarse, como con una pacata compostura religiosa. Pensé en las ladillas, en el olor acre de los sexos sucios, en el sabor a sudor rancio, en el hedor insoportable de los perros muertos pudriéndose a la orilla del camino.

Mientras escuchaba a Hans hablarme de Uta, la mujer que le abandonó, que renunció a su amor junto al fuego en algún lugar húmedo y frío del norte de Alemania, no podía sustraerme a la lluvia incierta y refrescante que nos regalaba la mañana. Evoqué la casita de la pareja, nido de amor sobre el acantilado, con sus visillos en las ventanas, su olor a chimenea y a puchero. Los días de melancolía plomiza, de brumas y aguaceros del norte de Europa, contrastaban con la mugre, el olor a sudor seco y a alcohol destilado que corría por la piel y la sangre de aquel viejo soldado borracho y sucio. De este Hans con el que estaba compartiendo unas horas turbulentas al final de una larga noche de cerveza barata, poblada de presencias y recuerdos. El azul de sus ojos pertenecía al mundo de Uta. La desesperación de su mirada, al degradado ambiente de este suburbio negro, marginal y olvidado de Windhoek, en Namibia.

Durante una de sus pausas me pregunté a qué mundo pertenecía yo. Descubrí en mí una cierta desesperanza en la urgencia con que escuchaba el relato de Hans, lavando acaso alguna de mis propias tristezas con la lluvia de su desventurada miseria. Quise saber qué rara audacia me mantenía allí, asomando la mañana, bajo la chapa ondulada de aquel garito indecente y miserable, en vez de encaminarme hacia el confort de mi hotel, mi desayuno continental y mi baño caliente.

Debí quedarme traspuesto con estos pensamientos porque, de repente, con voz de sueño, el viejo guerrero de Afganistán, el veterano intérprete de batallas que no eran suyas, me preguntó si le seguía escuchando. Sus palabras dejaron en el aire toda la carga de angustia que le apremiaba. Hans necesitaba atención y exigía concentrarme en el devenir de su historia.

- Lo siento Hans. No sé por qué, de repente me he puesto triste. La tristeza de los tragos -me disculpé-. Estoy escuchándote, pero déjame un minuto.

Salí a la lluvia a despejarme. La película de mi vida retrocedió en el proyector a toda velocidad, devorándose a sí misma, como a la búsqueda de un instante que contuviera la clave de mi existencia. Tal vez dentro de poco me vería yo, como él, en la penuria de mendigar un oído paciente y entregado. La noche en blanco y el alcohol me habían anestesiado durante unas cuantas horas. Pensé que para mí, gran afortunado, aún no había llegado el momento dramático en el que las trompetas de mi apocalipsis rompieran el ensordecedor silencio de mi vida.

Le largué una patada a una piedra, como quien le atiza en el culo al mundo, y me recompuse. Con el brazo desnudo me quité la lluvia que me resbalaba por la cara y volví a sentarme con Hans.


FOTO: Grupo de Ingeniería Gráfica Avanzada (GIGA) de la Universidad de Zaragoza.

NOTA - Este post forma parte de un relato de mayor calado que estoy escribiendo y que quiero publicar completo, en forma de libro, antes de marcharme de Asunción. A los que me lo pidan, les haré llegar, con mucho gusto, un ejemplar.

martes, 16 de junio de 2009

Areguá, la perla del lago

Dedicado a mi amiga Patty Martínez,
apasionada entusiasta de Areguá.

Si el viajero interesado en conocer datos, pormenores y detalles, decide sumergirse en internet, la Wikipedia le pondrá enseguida al corriente de que Areguá es la capital del Departamento Central y de la frutilla -léase fresa al otro lado del mar- y que, además, es una ciudad de artesanías situada a orillas del lago Ypacaraí. Si continúa leyendo, la enciclopedia online le informará de su toponimia, clima, demografía, historia… Escasamente sensible e innecesariamente ilustrado.

Areguá es, por encima de todo, una hermosa e inolvidable experiencia, un viaje en el tiempo a una época pasada donde el calendario se detuvo de pronto y nos dejó un paisaje irrepetible, un legado de glorias lejanas, de singular belleza y notable esplendor.

Areguá es el destino de un viejo tren a vapor que, resistiéndose a morir, sigue haciendo quincenalmente su recorrido desde Asunción, con descuidados vagones de época y una primitiva locomotora, quemando leña como combustible. Inaugurado en 1861, fue uno de los primeros ferrocarriles de Sudamérica, reducido hoy a la nada por el abandono, la desidia, la indolencia y el desinterés colectivos. Aun así, el viajero disfrutará del paisaje, despacio, recreando la vista a no más de 15 kilómetros por hora.

Apenas puede uno echar un vistazo rápido a las artesanías de todo tipo, licores imposibles y deliciosas mermeladas de frutilla que se le ofrecen a la llegada, en lo que algún día debió ser una concurrida estación de ferrocarril. Hay que darse prisa, porque queda mucho por ver. La hora de salida del tren de regreso no nos permitirá disfrutar demasiado tiempo de la ciudad que inspiró La babosa, la obra del genial Gabriel Casaccia, clásica de la narrativa latinoamericana, relato descarnado de las miserias de una aristocracia decadente que se ve obligada a vivir en sus residencias de fin de semana después de haber perdido la mayor parte de sus bienes. La casa donde nació el escritor se ha transformado hoy, de la mano de Bettina, en un encantador hotelito que bien se merece unos minutos de nuestra visita. En el bar se puede disfrutar de un martini rosado excelente… si aún le queda, que algunos somos ya irremediablemente adictos al brebaje.

Lo recomendable es dar un paseo por la avenida Mariscal Estigarribia que desciende majestuosa desde la iglesia hasta el lago -excesivamente contaminado por cierto- admirando, primero, en la colina, un grupo de seductoras casitas de estilo colonial español y luego, iniciado el descenso, las antiguas casonas que pertenecieron, o tal vez aún pertenecen, a familias adineradas de Asunción. Las mismas que, en su época, favorecieron a Areguá como su lugar preferido de descanso hasta que, por razones incomprensibles, las gentes tomaron la errónea decisión de abandonar tanta belleza para trasladarse a un desabrigado y ruidoso San Bernardino, al otro lado del lago.

Paisaje, encanto y rincones de excepcional belleza se dan la mano en esta memorable ciudad. En la calle de los artesanos, el barro es el elemento natural de la variopinta producción de obras de decenas de artistas, algunos formados en la escuela de Manises, España, donde las técnicas de alfarería se van transmitiendo de padres a hijos desde los tiempos de los árabes. Al final de la calle, en la llamada “curva Bolaños”, es obligatorio visitar la galería de arte de Justo “Pete” Guggiari, significativo referente dedicado a la difusión y exhibición de esculturas y objetos de artistas nacionales de reconocida trayectoria. También El Cántaro, espacio cultural y almacén de arte, ofrece interesantes obras, talleres creativos e incluso conciertos de música de nuevos compositores.

Antes de regresar al tren y para acallar el clamor de un estómago hambriento, nada mejor que dejarse ver por el restaurante La cocina de Gulliver, de mi buen amigo Manuel, quien nos deleitará con una tortilla de papa y cebolla, como solo mi abuelita vasca sabía hacer, y una paella que el viajero guardará en el cajón de sus mejores recuerdos gastronómicos.

Casi tan inolvidable como la misma Areguá, la perla del lago, de la que os dejo aquí algunas imágenes. Como para ir haciendo boca.




NOTA - Para ver las imágenes y escuchar la música de fondo que las acompaña, este post contiene, justo aquí encima, un enlace a YouTube que, a veces, puede tardar un ratito en aparecer. ¡Paciencia!

sábado, 30 de mayo de 2009

Guay del Paraguay

No he podido sustraerme a la tentación de publicar este texto para regocijo de propios y extraños, a modo de bestiario nacional, aparecido en el diario madrileño "El Mundo" y firmado por el periodista Jiménez Losantos.

Para los no iniciados en los entresijos de la política española, que tampoco se pierden nada, les participo que Bibiana Aído es Ministra de Igualdad en la madre patria, un ministerio sacado de la chistera de nuestro imaginativo presidente con la pretensión de promover la igualdad entre las mujeres, supongo.

Igualarse con el hombre, rey de la creación, como es sabido, se me antoja tarea imposible para tantas necias, capitaneadas por quien afirmó, sin pizca de sonrojo, que el feto humano no es un ser humano y que abortar es como ponerse tetas. ¡Toma ya igualdad!

Bibiana Aído, sin historia, sin leyenda y sin oposiciones, debe partir a Paraguay en excursión semántica, como iban los ilustrados en el siglo XVIII a herborizar y a catalogar lenguas indígenas. Allí, entre los escombros de los partidos colorado y desteñido, a la sombra imprecisa del clero populista, se produce la auténtica revolución silenciosa del discurso político en español. Y si la miembra del Gobierno quiere aportar al diccionario y al politiqués vocablos modernos y conceptos antiguos, no hallará mejor cantera de ingenio. He aquí algunas aportaciones de próceres y próceras paraguayos y paraguayas, recopiladas por los periodistas Vera y Ramírez.

En Radio Ñandutí, un senador oviedista dice a Juan Carlos Acosta: Te vamos a recibir como un hijo prodigio. El presidente de la Junta Municipal de San Antonio se sincera en el diario ABC: Vamos a ponernos todos de acuerdo para eludir la ley. Un diputado de la oposición se siente agredido y dice: No voy a permitir alucinaciones personales. Un analista político habla de La Venus de Mirlo. Blas Riquelme, senador del Partido Colorado, denuncia en Radio Ñandutí que un adversario político se lavó las manos como Pitágoras. No es el único helenista. Una columna en Ultima Hora: La espada de Pericles cuelga sobre el pueblo, compañero. Un líder colorado aclara: La espada de Temístocles pende sobre nuestras cabezas. Pero otro helenista confiesa que cada uno tiene su talón de Ulises. En la campaña electoral dicen que Perón incendió Roma, pero según el ex presidente Duarte Frutos, los delitos son hechos imprevisibles.

¿Anglicanismos, que decía Carmen Calvo? Menos que latinismos, pero los hay: una comisión ad hoc se convierte en hot dog. El senador Julio C. Fanego ayuna en ABC: Hablamos pero no comemos; ese es el valor de la democracia. Al descrédito se suma Eugenio Jacquet, ex ministro de Stroessner: Hasta en la cárcel somos mayoría. Luis Bestard modera: No existe un país del mundo donde no haya corrupción; si fuésemos demasiado radicales no quedaría ningún ministro en el cargo. Y el diputado Magdaleno Silva: ¡Por fin tenemos a un presidente que no es tan corrupto!. Más eruditos: Del Rosario Riveros en Radio Cardinal: Hay que ser y no aparecer. Osvaldo Domínguez, del Club Olimpia: Como dijo Martín Fierro, ladran Sancho, señal que cabalgamos. La colorada Angela Agüero (aquí hay gato incendiado) dice en Radio Cardinal que su partido va a renacer de sus cenizas como el Ave Flemin. Y en Radio Asunción concluye otro Caldera: No tenemos por qué rasurarnos las vestiduras. Todo es tan guay del Paraguay que Bibiana debería estar ya volando hacia esa Academia.

FOTO: Ave Flemin renaciendo de sus cenizas, un poco antes de descubrir la penicilina.

sábado, 23 de mayo de 2009

Tribus urbanas: Emos

En un entorno como el nuestro, de claves indefinidas, donde cada cual atrapa su espacio a su manera, los emos no son más que una forma de expresión de jóvenes que tienden a victimizarse.

Se trata de una nueva e inquietante tribu urbana, cuyos cultores rechazan sistemáticamente a su familia, a la sociedad y a la humanidad completa que, por supuesto, no les comprende. Vestidos de negro, con los ojos maquillados, flequillo a lo pijo alternativo y mirada triste, se autoflagelan para mostrar su dolor. Se definen como personas sensibles, víctimas inadvertidas del mundo que las rodea.

Los emos suelen ser gente delgada que se deja el pelo largo para ocultar parte de su rostro, no vaya a ser que los vean. Debido a su andar afeminado, a veces son confundidos con los metrosexuales -otra tribu urbana de la que me ocuparé en su momento- hombres que cuidan excesivamente su estética y terminan brindando un aspecto femenino.

Los emos tienden a llorar por las esquinas, con o sin motivo, haciendo un mundo -a veces dos o tres mundos- de sus imaginarios problemas. Predican la anarquía, el socialismo y el comunismo, vistiendo ropa de primeras marcas y alto precio, tipo lacoste, burberrys o ralph lauren. Sus champions, por excelencia, son las converse all-star o “pisahuevos”.

Se consideran vegetarianos porque queda cool ir de eso, por más que luego se zampen en el Mac Donals un bigmac con lechuga, y consideren bocadillo vegetal a esa mezcla pringosa de carne, lechuga y huevos duros con medio litro de mayonesa.

La especie, cuyos pasos evolutivos no se conocen con seguridad, usa pantalones ceñidos en exceso, probablemente sustraídos del armario de su hermana, a condición de que no sea caderona, remera oscura y mochilas de cartero llenas de parches de bandas emo punk. A veces se colocan gafas de pasta, aunque vean perfectamente, cinturones de cuadritos de colores y características cromáticas inusuales, o de tachuelas. Tienden a exhibir bordados con forma de estrellita de dudosa tendencia sexual, con puntas redondas, no se vayan a pinchar, corazones y caritas tristes o pseudocadavéricas, con una curiosa devoción por hello kitty, la gatita blanca antropomorfa que lleva un lazo en su oreja izquierda. También les encanta gloomy bear para acompañar las emociones o antiemociones de la especie. Es un osito encantador, tierno y blando aunque, en realidad, se trata de una bestia que asesina y devora humanos.

En grupos, suelen ir tomados de la mano -iba a escribir “cogidos”, pero mi estricta correctora de estilo no me lo permite- no vaya a ser que se pierdan. Luego se ubicarán en una esquina oscura a escuchar su ipod rosado, decorado con la sangre de sus propias venas abiertas, para quitarse una foto tapándose la boca o con cara de sorprendidos o tapándose la boca con cara de sorprendidos.

Estos emos virales, que no viriles, contagian con su sola presencia a las demás criaturas de dios, provocando que la enfermedad flequillus emoide esté actualmente en vías de convertirse en una pandemia al estilo de la gripe del cerdo, con perdón. Véase si no el animalito de al lado o el caso más dramático del mismísimo Emo Morales.

Dentro de unos años, los supervivientes irán al trabajo vistiendo saco emidio tucci y corbata de seda natural, y escucharán a Moby, que es como escuchar hoy a Kenny G y hace 20 años a Ray Conniff.

FOTO (Arriba del todo): Chico emo despidiéndose de su mejor amiga antes de cortarse las venas.

viernes, 15 de mayo de 2009

El corazón de la memoria

Has navegado por un río de dolor que lleva hasta el corazón de la memoria. Has visto apagarse en tus brazos la vida que te dio la tuya, como una vela que se extingue entre un chisporroteo de estertores y has flotado, a tu pesar, en ese amargo vacío sin respuestas que siempre crea la aparición cercana de la muerte.

Te ha herido la mirada el resol de la mañana de mayo que enciende los muros de cal de una casa invadida de ausencias, en la que cada rito cotidiano te clava la punzada de una soledad pastosa, densa e inerte.

Has sentido el silencio hueco y funeral del desamparo cuando recorres las estancias que habitó tu niñez colorida de voces y presencias, cuando acaricias los muebles y los armarios y los libros donde reposa la huella polvorienta del tiempo que dejaste atrás.

Has desandado el camino de tu propio ser hasta el primer instante que recuerdas y, en esa dolorida exploración, se te han acumulado las horas hechas años hasta dejarte exhausto, apaleado por un remolino de sentimientos, estacado de zozobra en mitad del patio donde jugabas con la feliz disipación de la inocencia, quizá bajo este mismo trozo de azul en el que oyes cantar los pájaros y mecerse las flores recién abiertas, como esa rosa que alguien acaba de dejar en tus manos.

Al cerrar por fuera el viejo portón, has notado en tus entrañas el golpe seco de la madera vencida y sabes que has bajado la persiana de una etapa que ya no volverá, salvo en la bruma de la memoria con que alcances a evocarla.

Nada hay tan común como la muerte de un ser querido, pero en ese trance decisivo, jamás sirve de nada la experiencia. No vale el esfuerzo intelectual ni el consuelo moral ni la misma certeza del desenlace.

Al final, estás solo delante de la maldita puerta que tendrás que cerrar con la melancolía de un expatriado, mientras tu estómago te pega por dentro la patada brutal de la evidencia. Antes lo sabías o lo intuías, pero ahora lo sientes con una certidumbre definitiva, irrevocable: la infancia no acaba cuando te haces adulto, sino cuando muere tu madre.

Así que has vuelto lentamente de la áspera anestesia de los recuerdos al presente que dejaste colgado en la percha del recibidor cuando la angustia te agarró de las solapas para lanzarte a su vértigo de soledades y, en los periódicos ya caducos de las últimas horas, has buscado la hoja de ruta del retorno.

No te será difícil: todo está igual que antes de tu periplo al fondo de la nostalgia. El mismo ritual fatuo de palabras sectarias, el escenario idéntico de una política inmóvil, la trivial logomaquia repetida de consignas estériles.

Una breve, concisa cuenta mental te ha permitido calcular la diferencia: debe de haber quince mil parados más y ni siquiera eso resulta ya una novedad para tener en cuenta.


jueves, 30 de abril de 2009

La leyenda de Pirene

Ninguna de las montañas que arrugan la superficie de la tierra podría comparar su hermosura con la grandiosa belleza de los Pirineos, la cordillera que cose nuestra vieja piel de toro, España, al continente europeo.

En invierno, el tapiz blanco de la nieve afina el abrupto paisaje pirenaico, transformando picos y cumbres en suaves formas de impoluto algodón. En primavera, la naturaleza estalla de alegría y viste a las montañas con colores y tonalidades imposibles, superando con creces nuestra imaginación. En verano, cimas, crestas y picos se disuelven en el azul del firmamento en un intento inútil por alzarse hasta el cielo. En otoño, los bosques se tiñen de oro viejo, primitivo y valioso, como las leyendas del Pirineo.

Esta que voy a contaros es, para mí, la madre de todas ellas. La inventaron los griegos hace muchísimos siglos, cuando se enmarañaba la creación del mundo con la lucha de dioses disputándose la posesión de la tierra.

Dos de ellos eran extremadamente fuertes: Atlante, cuya misión era sostener sobre sus espaldas la cúpula celeste y Hércules, hijo de Zeus, valeroso como nadie, al tiempo que violento y cruel como ninguno. Atlante, de carácter afable y pacífico, vivía feliz en su reino de Atlántida. Hércules, apátrida, recorría el mundo sembrando el dolor y el caos por doquier. Ambos eran enemigos irreconciliables.

Hércules había engañado a Atlante con sus malas artes cuando fue a robar las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, ninfas que cuidaban de un maravilloso vergel ubicado al norte del país marroquí. Allá conoció a la más bella diosa de las Pléyades, Pirene, hija de Atlante. La pretendió como esposa, y la hubiera conseguido porque nada parecía imposible para él, pero Pirene adoraba a su padre y se juró a sí misma que nunca consentiría el amor de aquel energúmeno inhumano y atroz.

Desairado el dios en su amor no correspondido, en un arrebato de cólera partió la tierra con un golpe de su enorme clava o cayado, dando lugar a lo que hoy se conoce como estrecho de Gibraltar. En los dos extremos plantó sus columnas, Calpe y Abila. El agua del Mediterráneo se precipitó sobre la Atlántida, anegándola y destruyendo el maravilloso reino de Atlante. La bella Pirene consiguió escapar a la catástrofe huyendo hacia el norte, para refugiarse en los frondosos bosques de las montañas que más tarde llevarían su nombre.

Hércules, desorientado, recorría el mundo en su busca. Jamás renunciaría al amor de Pirene. La noticia llegó a los oídos de la diosa que, aterrada, incendió los montes, prefiriendo ver todo arrasado y aceptando su propia muerte antes que caer en los brazos del poderoso y caprichoso dios.

Hércules vio la terrible humareda elevándose hasta lo más alto del cielo y, presintiendo la tragedia, se dirigió a grandes zancadas hacia las montañas. Llegó al atardecer, cuando todo era ya una inmensa ascua de bosques ennegrecidos y árboles convertidos en carbón. Buscó a Pirene por valles, colinas, grutas y recónditos parajes, siguiendo el rastro de las lágrimas de su amada, que salpicaban la montaña y cristalizaban en ibones de intensos azules, pequeños lagos que el viajero puede admirar hoy en rincones de increíble belleza.

Encontró al fin a la diosa de sus amores. Quiso rescatarla del incendio, pero ya era tarde. Pirene agonizaba, sonriendo entre los estertores de la muerte, feliz de haber logrado burlar al poderoso hijo de Zeus. Jamás, ni ella ni el monte que le dio cobijo, se someterían a nada ni a nadie.

Hércules, por su parte, se juró a sí mismo que aquella tierra quedaría para siempre marcada con la señal de su amor imposible. Tomó con infinito cariño a Pirene y la enterró allí mismo y, con sus propias manos, preparó el colosal mausoleo. Desgajó del suelo las gigantescas rocas y montañas calcinadas y las fue apilando hasta dejar acabada una inmensa cordillera que desafía a los cielos y que, para siempre, se llamaría Pirineo, en memoria de la hija de Atlante, y como símbolo del amor del dios poderoso. Luego, angustiado y solemne, lo cubrió todo con un sudario blanco de purísima nieve.

De ese Pirineo, forjado en el fuego, la pasión y la fuerza, nacería más tarde una estirpe, una raza, un pueblo heredero de dioses, fantasías y amor a la libertad.


FOTO: Lágrimas de Pirene en el ibón de Estanés. Al fondo, el macizo del Aspe.

miércoles, 15 de abril de 2009

Cita con la memoria

Pasó junto a mí rozándome con su túnica morada, sin reparar en mi presencia, sin detenerse, caminando rápido y solemne, como una sombra muda y anónima avanzando con paso decidido y resuelto hacia su cita anual con la memoria. Apenas vaciló un instante antes de abandonar la penumbra de nuestro portal, como para acostumbrar sus ojos a la claridad limpia de abril.

Sé quién es. Nos hemos cruzado muchas veces en la calle, en el ascensor y en el garaje del edificio donde vivimos. No hemos hablado mucho, pero sí lo suficiente para saber que es un vecino cómodo, una persona erudita, con ideas claras y mente despejada, irreligioso, aunque hoy es un hombre distinto. Hoy no hay gestos, ni palabras, ni saludos. Dentro de unas horas será solamente un costalero anónimo portando la efigie de un Cristo Crucificado en la procesión de una desconocida cofradía. Nadie que no haya estado en las trabajaderas, juntando sus hombros y su esfuerzo con otros como él, sabe hasta qué punto se comparte ahí abajo la experiencia del sufrimiento.

Este intelectual escéptico me dijo un día: Yo no creo estar llevando a Dios sobre mis hombros, pero sí a un hombre que murió por el perdón de todos. Me basta con esto para involucrarme en un acto que no pretende ser más que una sencilla muestra de solidaridad con mi gente.

Esto es allá nuestra Semana Santa, en mi tierra lejana donde acabo de pasar unas cortas vacaciones: ni un rito atávico ni un aquelarre de fundamentalismo religioso, sino el reencuentro, en la armonía de la primavera, de un pueblo con el paisaje moral de sus sentimientos y de su conciencia, de sus pasiones y de sus emociones. El reencuentro con el Hombre.

Aún existen miradas vacías, simples y superficiales, que confunden esta fiesta de formidable intensidad sentimental con una tradición estúpida de ancestral folklore patrio o, peor aún, de fanático catolicismo integrista. Deberían, en cambio, ver y admirarse del asombroso respeto con el que cada cual vive la expresión de su fe o los motivos de su presencia. En pocas citas masivas se produce tantísima tolerancia. Políticos profundamente críticos con la Iglesia Católica, presiden sin conflicto alguno las procesiones de su ciudad. Mujeres pro-abortistas caminan descalzas tras la imagen del Gran Poder, protegiéndose acaso, con un pañolón, de la lluvia de cera de los cirios.

Es la gran fiesta del perdón, la cita del pueblo con la memoria, preservada a través del tiempo por una simbología de devastadora potencia emotiva y bellísima sensibilidad estética, que nos vincula con la necesidad de la indulgencia. Un ritual profundamente enraizado en la religión y en la ética, en esa dimensión social de la penitencia, el amor, la compasión y la piedad.

Los mismos valores del Hombre cuya figura crucificada y moribunda paseó estos días por nuestras calles. Del Hombre que, al perdonar a sus enemigos porque no saben lo que hacen, dejó abierto el poder de la misericordia incluso para los que sí lo saben.

¡Felices Pascuas a todos!


FOTO: Cofradía del Cristo Crucificado

domingo, 29 de marzo de 2009

Pirineo fantástico: Güixas

Dicen que las brujas del Pirineo, güixas en la fabla aragonesa, son las auténticas, las genuinas, las brujas más brujas del mundo de la brujería. Dicen que fueron ellas las primeras en entregarse al diablo en figura de macho cabrío y en convertirse en gatos negros. Pioneras de los vuelos a escoba, precursoras de los vuelos sin motor y adelantadas de los actuales vuelos de bajo costo. Las primeras también en dar con sus pobres huesos y enjutas carnes en las hogueras encendidas por las inquisiciones de turno.

A la hora mágica de la medianoche se reunían en aquelarres, vocablo de origen vasco con el que se designan los lugares donde celebraban sus rituales, en cuevas o a campo abierto. En estas celebraciones, las cohortes de brujas, lamias, magas, hechiceras y esperpentos veneraban al diablo, aparecido a veces como un macho cabrío y otras con forma humana con partes de animal, patas de cabra, cuernos o pezuñas. Tras horas de cánticos y ofrendas orgiásticas se abría un portal infernal para veneración, culto y salmodia a Satanás y para obtener poderes sobrenaturales.

Uno de los aquelarres más conocidos del Pirineo de Huesca es el que se celebraba en la gruta de la güixas, cerca de mi casa de Jaca, bajo el impresionante macizo de Collarada, donde las formaciones pétreas se manifiestan en todas sus variantes. Según se avanza hacia el interior, la cueva va ganando altura, sonidos, formas y murciélagos hasta llegar a una gran sala de 16 metros de altura que cuenta con un agujero por el que pueden verse la luna y las estrellas, elementos imprescindibles y en condiciones perfectas para invocar al demonio. Además, se abre al lado de un dolmen, dato importante puesto que, de alguna manera, se relacionan así los ritos atribuidos a las brujas con la antigua religión de los pueblos megalíticos, es decir, el mundo de los vivos y el culto a los muertos.

Las güixas se reunían también en corros de brujas, en lugares al aire libre, abrigados y de difícil acceso. La arquitectura de estos corros responde siempre a un mismo patrón que se supone mágico. Sobre la circunferencia exterior de un círculo de 7 metros de diámetro crecen, equidistantes, 7 árboles tejos y, debajo de ellos, mirando hacia el centro del círculo, se sitúan 7 grandes piedras, como sitiales para cada una de las 7 brujas del corro.

El tejo, poderoso y longevo, es el árbol mitológico por excelencia de druidas y chamanes, que puede llegar a vivir todo un milenio. Se le relaciona con la vida por su extremada longevidad y con la muerte por su elevada toxicidad. Su savia de color rojo oscuro, como la sangre, contiene un veneno que podría matar a un caballo en menos de cinco minutos. Con él se suicidaban los guerreros celtas y astures que preferían morir antes que ser derrotados y caer en la esclavitud del invasor romano.

No todas las reuniones brujeriles eran iguales. Los esbat, de importancia menor y más habituales, podían celebrarse en encrucijadas de caminos, bosques, ruinas o incluso en casas. Los sabbat, sin embargo, se reservaban para días especiales como la noche de difuntos o la de San Juan, desarrollándose en lugares cargados de energía y misterio.

Cuando iban a morir, las brujas pasaban sus poderes estrechando las manos de alguna nieta o sobrina. La güixa aprendiz debía someterse entonces a una ceremonia iniciática que, en algunos lugares, consistía en arrancarle los ojos a un gato vivo y, en otros, la novicia tenía que clavarle 7 alfileres o agujas grandes a un gato negro que, con la séptima, debería morir. Me imagino el final del pobre gato pero, sobre todo, me imagino el estado en que quedaría la futura bruja, después de soportar los desesperados mordiscos y arañazos del animalito. ¡Como para renunciar al cargo!

El tiempo de las brujas ha pasado ya pero, aún hoy, en muchas casas del Pirineo se siguen encontrando símbolos espanta brujas, tales como la flor de un cardo llamado eguski lore o flor del sol, que se cuelga en la puerta de entrada, o chimeneas preparadas para impedir que la güixa se cuele en casa sin llamar.

FOTO: Espanta brujas -flor del sol- sobre un viejo portón.