
Ayer, un amigo [1] me regaló una corbata. Nada extraordinario, dirán ustedes con toda la razón del mundo. Cada cumpleaños le aporta a uno, al menos, un par de corbatas, con esa exigua imaginación que tenemos la mayoría de las personas para estas cosas, aunque se agradece igual el detalle. A mí me gusta más que me regalen un libro, cualquier libro, que son, como suelo decir, fuente de sabiduría.
Pero ayer la corbata, con ser linda y fácil de combinar con algunas de mis camisas, no fue lo más importante. El verdadero regalo lo descubrí, como un tesoro, al abrir el sobre que la acompañaba y leer las sentidas palabras que mi amigo me dedicaba, a modo de despedida, unas pocas semanas antes de abandonar, yo, Asunción.
Él sabe que no me gustan las corbatas, que solo me las pongo cuando estoy acorralado por las circunstancias, cuando no me queda más remedio y no veo otra posibilidad de vestir medianamente presentable ante algún evento que lo requiere: “Un detalle –escribe– por si se te ocurre usarla, que alguna vez puede que se te ocurra”.
En este club de intereses e interesados en que hemos convertido lo social, lo sociable y la sociedad, no es habitual que le refuercen a uno su autoestima con frases como “la verdad es que te has hecho querer, qué buen tipo eres, joder, lo que sabes, qué envidia…”
Por supuesto que mi amigo no tiene nada que envidiarme. Soy yo ahora quien le envidia por ser capaz de expresarse, en estos tiempos de egoístas y mediocres, con tanta generosidad, con tanta esplendidez: “Quiero que sepas –dice– que me siento afortunado por conocerte…”.
Soy yo el afortunado. Soy yo ahora quien se ruboriza ante los elogios y se emociona con tanto aplauso. Hoy me siento dichoso y feliz de tener un amigo así, de haber conocido a una persona para la cual la amistad, el afecto, la lealtad y la nobleza de estilo representan todavía valores preciosos, por encima de cualquier otra consideración.
Gracias, querido amigo.
FOTO: Corbatas. Luis XIV de Francia diseñó para el regimiento real un pañuelo con la insignia de la corona, al que denominó "cravette". A este regimiento se le conoció como Royal Cravette.



La joven se quedó dormida en el diván verde del salón en una difícil postura y decidí llevarla en brazos a la cama para que reposara en mejores condiciones. El esfuerzo me supuso una contractura muscular en la espalda que, cuatro días después, me seguía incomodando con un dolor agudo. Emi, que tiene remedios para casi todo, me facilitó una tarjeta de visita de una señora que, bajo un exótico nombre, que no citaré, anunciaba ampulosamente: “fisioterapeuta rusa”. En la tarjetita figuraban los datos habituales: dirección y teléfono, con un dibujito, arriba a la derecha, alusivo a tan digna profesión.
Me olvidaba del libro. Aquello que empezó como “la historia de Hans” se va a llamar, definitivamente, “Katutura”, que es el nombre del suburbio negro de Windhoek, en Namibia, donde discurre la mayor parte del relato. Tendrá 112 páginas exactamente, y ya está diseñado todo, incluso tapas y solapas. Lo más probable es que esté editado para mediados de octubre. Algunos se apuntaron ya para recibir un ejemplar cuando publiqué en este blog uno de los capítulos. Si alguien más está dispuesto a soportarme, no tiene más que decirlo. Termino con la foto de Katutura, abajo.
Un par de tipos, que casi no se ven, están haciendo pipí al fondo a la izquierda. Evidentemente, no hay cuartos de baño en el barrio.

